Así había transcurría su vida, descendiendo por una cuerda torcida con hilos gruesos, finos y largos mientras disimulaba como sus manos se escaldaban con un picor doloroso como el agua oxigenada cuando escuece y desinfecta. Hubo momentos en que sintió el mazo del tiempo como un pedernal gris amarillento que al golpearlo no producía chispas, sin embargo logró fingir cada uno de los números de la serie de aquellos bonos que encontró sin picar en su cacumen. De esta manera erró entre el extremadamente, el bastante y el ligeramente feliz, entre ni feliz ni desgraciado, el igual de feliz que desgraciado y el ligeramente, el bastante y el extremadamente desgraciado. Por tanto, no se consideraba ni feliz ni desgraciado, aunque tampoco fuera registrado por el guardia de seguridad de su vida buscando el objeto ilegal de la felicidad. En su octogésimo cumpleaños intentó localizar algunas cavilaciones trascendentes para él pero sin pensar en las posibles consecuencias que pudiera tener en los que le rodeaban. Según eso llegó a la conclusión de que hay dedicarse a ciertos asuntos inapelables: la honradez y generosidad en la forma de pensar y proceder, sin olvidar la belleza y la amabilidad. No omitió firmar su escrito con un ·permitir huecos a la intuición· sin necesidad de pensar en todo momento utilizando el razonamiento lógico, los asuntos mundanos de las revistas del corazón tienen cierto atractivo alejándo los asuntos de tanta espiritualidad. En ese espacio de tiempo en que interrumpió su partido, fabuló de qué modo la sociedad debería ser creada, sin odio, codicia y envidia, creciendo libremente. Todos estos instrumentos de limpieza le habían proporcionado la fuerza necesaria para clavar sus garras en la soga por la que nunca dejó de trepar.
"¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert
viernes, 23 de diciembre de 2011
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Libro musical
Ante la ficción que contaban los capítulos de su novela, me acogí al derecho de mentir de los acusados que se encargan de la constitución de la mesa de invitados. En esa línea divisoria entre el serial de la novela tradicional que ofrecía sus lágrimas de sobremesa y el folletín inverosímil de las aprobaciones que sus leyes establecían como obvias, prometía una negable evidencia. Mi primera respuesta indujo sine die a auspicios inexactos, engañando y fingiendo de nuevo. En diferentes momentos, las letrillas de sus episodios sonaban a cantos de ruiseñor y a trovas de príncipes ranas, a la vez que en presencia de las quejas que escuchaba desde lejos resultaba ilesa del argumento de su guión. Una vez dentro de esas esferas concéntricas que se me antojaban como el mismo cielo en el que convivía mi cuerpo en su libreto, me quedaba detenida en la única solución de 40ºC posible para experimentar aquella deshidratación osmótica con la que conservar la fruta de sus episodios. "El lupanar se llama de nuevo la Casa Verde" donde el pintoresco grupo de músicos nocturnos que entonaban todas las polifonías en que se traducía su profesión lograban hacer que las lágrimas brotasen de los ojos del lector, donando parte del beneficio sacado de todas las situaciones del drama, sin estar en capilla.
El piano de cola, tembloroso,
relame la espuma que cubre sus labios.
Este delirio te abate, te hace flaquear.
Dirás: -¡Querido! -No -gritaré yo-,
¡no!
¿Al son de la música?
relame la espuma que cubre sus labios.
Este delirio te abate, te hace flaquear.
Dirás: -¡Querido! -No -gritaré yo-,
¡no!
¿Al son de la música?
B. Pasternak
viernes, 9 de diciembre de 2011
"Viven como si nunca fuesen a morir, y mueren como si nunca hubiesen vivido”
El cursillo de fin de semana se presentaba como un aggiornamento. Una puesta al día que suponía la oposición a lo que hasta ahora había vivido, encajando otra forma de someterse a la responsabilidad y obligación de atender el agua hirviendo donde cuece la pasta de un caldo infernal. El curso incluía dos noches de alojamiento, todas las comidas, sesiones de estiramiento y elongación, un tiempo dedicado a desordenar las prioridades de cada uno de los asistentes. El programa comenzaba el viernes por la tarde al llegar al chalet, tras la distribución de las habitaciones y dejar maletas en cada cuarto, los participantes administraban su tiempo de la manera que ellos decidían sin tener en consideración las consecuencias de su determinación. La primera tarea del sábado consistía en no hacer corresponder nuestros actos con nuestras promesas. Esa irresponsabilidad hacia todos los problemas que acababan por maniatarlos, podía llegar hacerles gozar de la informalidad y la falta de protocolo. Y así transcurrió el sábado, divirtiéndose por el simple pasatiempo de respirar, mientras retrasaban sus relojes y a continuación se descuidaban comiéndose unas galletas. El aprendizaje básico de ese día fue que, la contaminación de sus vidas originada por la impureza del aire que envuelve su existencia, se estancaba por el anticiclón de la costumbre y la ausencia de precipitaciones que arrastrara la pasividad. La sorpresa llegó a última hora del sábado, donde la persistencia les devolvió las tareas de la mañana: algunas de las preocupaciones que habían anotado en la pizarra magnética habían logrado arrinconarlas en su corazón, fortificándolas y comprimiéndolas con los dos puños. El domingo habitaron en el Tibet, esforzándose en despertar las virtudes y habilidades de cada uno de ellos.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Besos brujos
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| Stella Sidi |
Una t sorda se escapó de tus labios de ahí que la única licencia de auxiliar de vuelo la encontré en tu boca, tapando el misterio oscuro y blando de tu lengua haciéndote abandonar. Desconozco como ocurrió pero dejé de entender tus ademanes, las señas de tu habla mesurada y consecuente se disiparon como una sospecha permitiendo que la profundidad absorbiera la cobardía paralizando la mirada esquiva. Y mientras tocaba tus labios juntos, fotografiaba cada secuencia precisa para más tarde rellenar el álbum en blanco que tú me regalaste la primera vez que encontramos la llave perdida. Al notar que tus labios se desprendían como una tira de badana cosida entre la suela y la pala, me percaté de la suavidad y elasticidad del fuego fatuo que inflamaba tu interior formando una llama que andaba entre nuestras bocas. Esa quema invisible del pantano de tu boca eran luces pálidas que se veían en el anochecer de mis deseos. En tanto tu experta lengua me convidaba al compás trepidante de una esgrima recta, donde al simple contacto de un punto en común en tangente con el círculo de mi piel se encendía. En esos momentos de vesania lenta atrapabas mi voluntad, a la vez que me reconocía vencida y sin fuerzas por continuar con mi empeño. Y una vez inoculado el veneno solo podía enmelar el mal trago degustando la embocadura, mientras libaba tu excelente reserva.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Relato falso
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| Caminar entre islas |
Él habló acerca de la memoria del relato que quiso desposeer tanto lo esencial como lo anecdótico, de los dientes que perdió al desgarrar la carne, del recorrido inverso de la rancia historia que los zombie acabaron por tragar con ansia. Así desde el final, con la causticidad necesaria restañada por el alivio de la multa encontrada en el parabrisas, se obligó a vivir con el raspón del roce violento, sin esperanzas de narrar los escasos dientes que conservaba en el cofre que el dentista le regaló. El extraño desenlace contribuyó a reconocerse a sí mismo, al descubrimiento de algunos datos esenciales del sentimiento que hasta entonces desconocía, al igual que Edipo al enterarse de que la persona que había matado era su padre, él constató el profundo amor que padeció por ella. La marca que el nacimiento del insólito amor liberó, complicó la acción contenida en aquella carrera de caballos, buscando el modo de refrenar la velocidad del juego de cartas donde el naipe del caballo de bastos jugaba con tres pintas frente a los mirones. Y tras el intento de llamar cada cosa por su nombre, en la exposición inicial se abstuvo de comenzar el planteamiento después de que ella se transformara en la localización del punto negro de la retirada de ciertas piezas del motor que movió toda la maquinaria. Con el propósito de finalizar, terminó el falso relato aprendiendo a caminar entre islas, "porque vivir es cosa de unos pocos y tú solo conoces lo imposible".
domingo, 27 de noviembre de 2011
Cumplir una etapa
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| Alan Gerardo Buenhombre |
Para llegar al hospital había que cruzar un puente con una característica muy llamativa, la base de sus pilares tenía forma de pico. Esa parte puntiaguda que sobresalía del apoyo de las columnas fue lo más destacado del río entendiendo que aquello que impactó en mis sentidos no fueron las palabras que leí en los carteles o las palabras que escuché a los que hablaban, sino el poder del espacio, de los colores, la textura y disposición en que están situados los elementos que contemplé. Intenté articular el espacio que circundaba el hospital deshilvanando los hilos que constituían el paisaje que lo moldeaba. A la izquierda del hospital asomaba un terreno extenso sin cultivar cubierto de espesura y matorrales, bañado por el caudal del río y de los residuos farmacológicos contenidos en sus aguas. Y a la derecha del establecimiento, un centro de acogida con sillas en la puerta donde solo un 10% eran mujeres. Antes de entrar en el hospital sopesé escribir algunos versos de alquitrán, deseando no perder el interés por anotar las archas para defenderme ni malograr los nudos que me atan a los demás. Ya instalada en la habitación descubrí con sorpresa que alguien andaba por los pasillos con mi atuendo, portando un aspecto extravagante. Sentí cierto temor al pensar que tal vez llegara a disfrazarse con mis pensamientos y que a la mañana siguiente al despertar se hubiesen esfumado todos, escabullendose disimuladamente. Al final, presentí cierta tranquilidad al considerar que mis trapos están desgastados por el roce y molidos como el trigo en la piedra, por tanto, decidí vendarme los ojos con un pañuelo verde pero los picos no resistieron el nudo.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Color naranja
Como una afiladísima cuchilla de afeitar me cortaba con cada una de sus palabras mientras se preparaba una rebanada con mousse de salmón ahumado. Con un pañuelo limpió sus labios pero de repente se sintió mal y vomitó dirigiendo la arcada a mis pies. Su cara angustiosa era como una disciplina con la que azotarse. Continuó expulsando palabras vidriosas, comprometidas y duras como el cuarzo hialino y manchado de humo. Mis ojos remachados al cinturón de su náusea que contribuyó al ayuno y a la renuncia del alcohol, provocó un caldibaldo flatulento mientras se alzaban palabras promisorias. Los confines de aquella voz esculpía entre el desierto y la sabana el cenit de la jungla donde predominaba las lexías interpretativas, según Barthes, las que suenan con contundencia: contra la violencia de género ("formas de violencia que se ejercen por parte del hombre sobre la mujer
en función de su rol de género: violencia sexual, tráfico de mujeres,
explotación sexual, mutilación genital, etc. independientemente del tipo
de relaciones interpersonales que mantengan agresor y víctima, que
pueden ser de tipo sentimental, laboral, familiar, o inexistentes"). Y las palabras que le ofrecía como una tongada a la desesperación de su convenir, ocupaban un lugar secundario en la rememoración. Solo necesitaba mirar otro cuadro que se entrelazara libremente para combinar diferentes derroteros.
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