"¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert
sábado, 12 de febrero de 2011
Limpieza en seco
Necesitaba respirar y tomar el aire suficiente para oxigenarme sin la exigencia de estar 50 ó 60 minutos esperando a que alcanzara la máxima expresión, al igual que el vino. Por tanto, mientras limpiaba el polvo abrí las ventanas, logrando así que las partículas menudas y deshechas de la tierra las empujara el aire. Esta vez no pasé el dedo sobre la zona del aparador a limpiar, comprobando el surco oscuro que se deja ver, como el tiempo con el que se cuenta para vivir, arañando lo que resta y marcando la oportunidad de un instante. De pequeña me gustaba dejar marcas en los muebles, en los cristales de las ventanas cubiertas por la condensación del vaho, sin pretender el conocimiento de su significado, sin corresponder solo aspirando a percibir el movimiento de mis dedos mientras las palabras dirigían la mirada y el lenguaje. Y ahora ansiaba dejarme llevar por la corriente que los dedos desprendían a cada trazo reflejado, como cuando subes los remos y cierras los ojos, para más adelante abrirlos solo con la codición de encontrarte en otro lugar y otro tiempo, intentando creer de nuevo: esto serán los fenómenos y sucesos inexplicables que no se sabe muy a quien atribuir. Pero claro, llega un momento que hay que dar otro paso y continuar limpiando la vitrina, olvidando el litoral donde se deja de pertenecer a la dotación de un barco. Aunque de sufrir un hundimiento en una alberca o depósito de agua, nunca sabría cuanto líquido conseguiría vaciar. No tengo muy claro qué tipo de cuerpo confuso aparece.
jueves, 10 de febrero de 2011
Seda negra
La gimnasta lanzó la pelota al aire, hizo dos piruetas y la recogió en la última voltereta. Su profesor le enseñó a escribir la danza creando distintas estructuras en las que se sucedían los movimientos que le acompañaban desde hacía muchos años. Pero el tiempo de la fruta estaba cerca, pasaron las flores y ahora se acercaba la maduración propia de una mujer que dedicó toda su adolescencia y crecimiento a observar, a ensayar y ejecutar toda clase de oscilaciones, giros, rotaciones y dobleces destinadas a la pasión por la que se entregaba en cuerpo y alma. Y con la pelota en la mano, mientras se dirigía al vestuario recordó los tres verbos que su profesor le recordaba: hilar, devanar, aspar. "Estas acciones suman el proceso completo de transformación de la lana recién cortada hasta la madeja con que luego se puede tejer. Primero se hila, luego se devana y finalmente se aspa, lo que añade ciertos compartimentos: cada uno que se ocupe de lo suyo que de lo otro se ocuparán los demás". Más que insolidaridad de aquella expresión, lo que apuntaba su instructor era definir con claridad los respectivos papeles de la pupila y el rufián en el negocio que entre ellos llevaban: haga cada cuál su oficio. Él lo tenía claro, no continuaría con sus entrenamientos, conocía a la perfección cuando una persona está terminada, a pesar de que ella se resistía a captar el sentido de sus palabras. Y entonces, al abrir su taquilla encontró un pañuelo de seda negro. En un estado lamentable enfrentró su alma vacía, sin esperanzas, sin saltos, sin sonidos, sin vibraciones del altavoz en un concierto de rock, su danza ya no significaba nada, la escritura de la música estaba falta de notas y las coreografías no batían los ritmos que ambos llegaron algún día a componer. Recibió las sensaciones que tanto negaba y solo deseó que en cierta ocasión poseyeran los tableros del redondel.
lunes, 7 de febrero de 2011
Regalo venerable
Su magia pululaba como el movimiento de la rueda en el juego de la ruleta. Mientras ella se percataba de la quietud de su cuerpo en la lejanía, a la vez recibía un desbarajuste de documentos que revolvía el castillo de naipes que día a día levantaba de sus intenciones, asumiendo la posibilidadad de que decidiera detenerse en un punto al azar de aquello que recapitulaba en torno a las cuestiones principales. Y el día elegido para que él asistiera brevemente en calidad de posible y no de acto fue la mañana que sin poder levantarse e ir a trabajar, permaneció en la cama con un buen resfriado provocando fiebre, dolor muscular y un cansancio extenuante. Con el bote abierto de Vicks VapoRub, a pesar de las advertencias y la dificultad para adquirirlo en las farmacias, el bálsamo descongestionante a base de mentol le recordó imágenes asociadas a olores de su infancia. El helado de vainilla en verano cuando paseaban por la ciudad con sus padres y hermanos, el olor de la pasta de dentífrica con flúor de la abuela y entre tanto, apareció el olor que ella destilaba cuando volaba cerca de él. Aquel perfume de Cacharel fue todo un hallazgo, aún archivaba en su mente su cara embelesada reparando y advirtiendo aquella fragancia, sin saber que algún día en el lugar menos esperado, interpretaría en una nota concisa y lacónica la misma sensación. Y de él, ¿qué olor guardaba? En ese momento, solo apareció un gesto que alargaba ligeramente los labios a lo ancho de la cara al evocar la única ocasión en la que rechazó detentar ilegalmente estar cerca de él y olisquear levemente su intimidad. Nunca tendría oportunidad de rastrear su olor, de identificarlo y tomarlo, malogrando un halo de misterio y encanto que no admitió y se resistió a engullir, como un aliento nutritivo y enérgico que sustituye cada letra por la siguiente en el alfabeto.
domingo, 6 de febrero de 2011
¿Estaba segura?
Se acercó a ella, ambos sintieron el impulso y mirándose le dio el primer beso, sin fuerza, sin descaro, como el relente de una noche húmeda y calmada. Así fue el beso que percibió antes que otra emoción, otro gesto y otro asterisco escondido en su cuerpo. Aquello la dejó algo mohína, sobre todo porque el presentimiento que deseó albergar al acudir en su búsqueda para concurrir con él, no experimentó el hechizo que la subyugaba. Entonces ella le preguntó "¿me amas todavía?" y, él contestó "¿y tú que piensas?". De modo que inició su razonamiento. ¿Realmene era indudable y estaba segura de su amor? Con el paso del tiempo habían perdido terreno en común, la isla que compartían menguaba por trimestre y las palabras que canjeaban por ligeras caricias desechaban el apetito y la atracción. Intentaba escuchar su voz para mantenerla en on, al igual que conservaba todos sus dibujos infantiles del colegio pero la atención, la memoria y la emoción que guardaba de él, no jugaban en el mismo campo. Consideraba el rastro marcado en el suelo que dejaron atrás sus zapatos pero en esta nueva época le salió un clavo y no podía calzarse, le resultaba poco probable que aquel amor fuera irrefutable. Sin embargo, ahí continuaba sin moverse, atrapada y agarrada por sus brazos y, cuando alcanzaba desprenderse se concedía pequeñas zancadas para más tarde reincorporarse en su tarea amorosa, conservando cierta prudencia, tal vez mirándose.
viernes, 4 de febrero de 2011
Aquel tiempo
Al sonar el despertador cada mañana se rehacía tal como una prenda de vestir al volver los puños de una camisa al derecho y así reanudaba sus días lectivos, era ella, con su verdadero nombre, con la seguridad que le proporcionaba sujetarse a la cuerda de la rutina, sosteniendose en el apoyo de las garantías de que algunos de sus planes se cumplirían. Ya en el trabajo a media mañana, rodeada de toda clase de personas, con la sensibilidad a flor de piel y alimentándose de la piel de otros y de su bondad, la danzante idea singular que colonizaba su mente era cometer un error. Si, ¿por qué no?, perdería el tiempo malgastando sus ocasiones. Y esa decisión no la asumió por encontrarse a tiempo completo con aquello que le satisfacía y la capacidad de conocer el tiempo, sin necesidad de esperar el momento oportuno para hacer algo. La variable de pasar el tiempo amando, actuando de la manera menos oportuna, disfrutando de un error bien hecho y suponiendose amada a pesar de la punzada y sabiendose inútil, conciliaban las diferentes doctrinas que invadían la moral aceptada. Por tanto, dedicar aquel tiempo muerto a sus palabras, a sus expresiones y a la imagen creada por sus fantasías era toda una sensación placentera, como la de los niños que juegan en un arenero abriendo muñecas rusas y surgen más.
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo...
Renato Leduc
miércoles, 2 de febrero de 2011
Deletrear
Se asomaban a la claraboya como si tuvieran en la mano un oftalmoscopio para hacer una exploración del fondo de ojo y sin embargo, uno y otro proyectaban una gran frialdad y férreas miradas con displicencias. Y con aquel conocimiento por parte de los dos, ella se atrevió a confiar en el secreto oculto ante los demás. Sin llegar a morder el polvo, porque nadie lo merece, sus objeciones sucumbieron ante las peticiones que creía entender y las quejas de los heridos que se oían desde lejos se desvirtuaron en las entretelas del deseo. Esa complicidad se alimentaba con la trémula exhibición de un atuendo considerado indecente y una animada demostración pública de la reserva que durante tanto tiempo permaneció callado y silencioso. Y mientras se desnudaba, le gustaba pensar en los suspiros mentales que él aspiraba. A su vez, él aplicaba su valía en verbos, adverbios y sustantivos para exteriorizar la forma que tenía de pasar los días, sus aficiones y principios, provocandole con su forma de vestirse y de moverse. Y las noches mudaban a la Fiesta de la Candelaria, puesto que si cualquier astro fuera estrella, satélite o cuerpo celeste, se prendía era porque alguien en ese momento miraba al cielo y anhelaba su existencia, pretendiendo que el dolor fuerte desapareciera al ver las estrellas mientras respiraba con intensidad y ruido.
Ahora no estás mal, eh?
A que ya no tienes miedo?
Oigan si encienden las estrellas
es porque alguien las necesita, verdad?
Es indispensable que todas las noches sobre los tejados
arda aunque sea una sola estrella.
Vladimyr Mayakovsky
Ahora no estás mal, eh?
A que ya no tienes miedo?
Oigan si encienden las estrellas
es porque alguien las necesita, verdad?
Es indispensable que todas las noches sobre los tejados
arda aunque sea una sola estrella.
Vladimyr Mayakovsky
martes, 1 de febrero de 2011
Algo
Con el tiempo tuve por cierto que los hipotéticos recados de voz pasiva que encontraba en la hornacina de aquel muro en los que se concentraba mi vista, era un cortejo lento, mesurado y distante. Te entretenías en ocultarte entre la ropa sucia, como la biruta que salta al frotar el cepillo y la lija de la madera seca, en dejar un asiento vacío en la sala de cine atestada de público después de haber pagado la entrada. Creí encontrar un paso subterráneo para establecer algún tipo de comunicación contigo, pero era demasiado artificial, la mano del hombre tiende a alterar y modificar todo el medio. Tus pasos eran evidentes: la dinamita que utilizabas para volar las entradas que con tanto esfuerzo horadaba en las paredes más finas y el desmoronamiento de los boquetes hechos con barrena daban fe de tus huellas. En ocasiones dejaba una tea para alumbrarte el camino pero tú ese día decidías no pasar o bien la apagabas con un cubo de agua. Tal vez haya aprendido a fantasear con tu imagen borrosa antes de dormir pero no calcules en exceso llegando a convencerte de que eres muy importante en mi vida. No sostengas que mi amor rodeado de palabras es solo para tu alusión y mención. Ni tan solo te recrees en que mi buena o mala voluntad está dirigida a invocar tu presencia en las inauguraciones. "Octava nube o noveno cielo apartes algún día el cuerpo será un hecho suficiente".
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