
Creo que escuché el primer soliloquio que guardabas en un sobre, después de colgar la luna nueva en los brotes aventajados de la acacia ligada al canal. Terciaste las palabras a la espalda y soltaste: "supongo que el empuje de la imaginación es suficiente para reconstruir cualquier comunidad, aflojando la tirantez de las correas araneras para recalar en la sinceridad propia". Sin llegar a descarrilar, continuaste pensando en voz alta: "Admito mis propias manías, el entusiasmo de los parques y playas solitarias, la reserva de enfrentarse en un garaje repleto de coches, el lirismo de una pensión descuidada". Por estas líneas, mis ojos te miraban con el dimorfismo de la sorpresa y el pavor, aún así prosigues: "Acepto las jaquecas, la pesadez del anochecer, el pánico de la división del tiempo en el almanaque y la ingratitud de los plazos en una duración mínima". Y como si tus palabras se multiplicaran, insistes: "Confío en las disculpas y evasivas, en los distintos argumentos e incluso en la ceguedad que ofusca la razón, llegando a la zona cercana de las leyendas, los cuentos hasta las falacias, pero nunca dejaré de creer en las puertas secretas que aguardan una mano, en el cuidado y atención del árbol genealógico y, en el modo de conducir la fuerza".