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| Pablo Rodmen |
Al entrar en el colegio y buscar las últimas letras del alfabeto capté un centelleo de colores variables entre la incipiente deforestación, permitiéndome descubrir una fauna variopinta. Allí estaba, consolando mi pensamiento en aquel rato de esparcimiento y liberación por el pequeño desconsuelo que me concedí con denuedo. Rodeada entre otros, del cura que de pequeña me enseñó amor fraternal, justicia y caridad puesto que "nunca tuvo nada suyo", de una empresaria con un turbio pasado que en la actualidad derrochaba cinismo, de un arquitecto que se encargaba de proyectar edificaciones en suelos no urbanizables sin un planeamiento urbanístico a la vista y del gerente de un misterioso balneario. A pesar de la semejanza física de todos los que allí nos encontramos, nos diferenciaba algunas de las gotas ordinales del extracto/esencia de nuestro proceder. Entre tanto el policía merendaba en la puerta un café con una palmera de chocolate en compañía de su nuevo ligue, por lo que aseguré con un vistazo movedizo que el dosel blanco del palco reservado estuviera vacío puesto que la noche llegó a aquel vasar donde reclamaría ayuda y equidad arriesgando la salvación a la nulidad. En cada casilla encontré un hueco donde respirar, una proscripción sin dolor donde los días imperceptiblemente se van deteriorando con momentos de alegría. Únicamente busqué y ahuequé mis alas antes del gimoteo infantil aunque no conseguirían apenarme sin otra intención que echarme la bolsa a las costillas con los pies en la calle.










