"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"

"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Bolsa de trabajo

Man Ray
                                                                       
Antes de firmar leyó el tipo de contrato que tenía entre las manos, por tiempo indeterminado con período de prueba y, a continuación escuchó: "con el único fin de verificar que cumples con los requisitos y conocimientos necesarios para desarrollar el trabajo que se precisa". Sus funciones eran claras: debía registrar en distintas notas clasificando los pedidos de los clientes así como agruparlos y ordenarlos. Agrupar las facturas por días y semanas, catalogandolas y discriminándolas por producto. Contar los productos vendidos por días y semanas. Realizar una lista de los productos más vendidos durante el día y las semanas, elaborando una estadística con los productos más vendidos. Las palabras de bienvenida de su jefe fueron claras, "La idea consiste en saber transmitir a todos que eres el responsable de lo que suceda aquí; solo que hay personas que son más responsables que tú. Y en cualquier caso, debes asumir la idea de intentar solucionar de alguna manera el problema". Y ahora, una vez más tocaba sobrevivir y albergar el mensaje de valía con la capacidad suficiente de afrontar el reto y las consecuencias de sus hechos. Con puntas de sal propaga los ajustes precisos para desarrollar sus habilidades buscando despegar, afianzando con que iniciar su progreso. Las dudas se asientan en los primeras filas de la sala y entonces, solo rastreas el modo de despachar a los clientes con simpatía, administrando los tratamientos de cortesía con todo aquel que se acerque a preguntar. Conocer de antemano qué se esperaba de ella añadía algún compromiso por su parte: puntualidad, evitar conflictos con los compañeros, implicarse en su tarea, alejando los tres males principales del trabajo: la apatía en el esfuerzo, el vicio y la mala costumbre de obrar incorrectamente y la obligación de ocuparse.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Escribir por demás

Jean Harlow
La condición de estas palabras podría ser tener la boca y los ojos cerrados así como las manos apasionadas para expresar con diferentes términos las emociones de una mujer, mientras se guía por el tacto en la oscuridad buscando una linterna a la vez que tira para resolver algunas de sus incertidumbres. Al levantarse bien de mañana para aprovechar el día, batanea el cabecero de la cama como si golpeara todas las mujeres que pernoctan en su cogollo. Esos golpes cargados de desaire, afean todas las víctimas que caen del wagon-lit. Como quiera que sea, ella aún adormecida se percibe orquestada y dirigida por todas las respuestas a las que reacciona frente a los estímulos aprendidos: preparar el desayuno para los niños, llevarlos al colegio, recoger a los compañeros para viajar hasta el trabajo, cumplir los objetivos planteados, realizar la compra, visitar a su madre, disponer todo para el día siguiente. Solo hay momentos en los que enroma ciertas aristas obtusas con el estímulo de algún licor, convergiendo con esa contestación marginal que emerge como la nota de un escrito. Remotamente considerado, un mensajero de simpatías se muestra por esos caminos de diligentes hormigas concurridos por zorros, mientras sospecha la acomodación de sus ojos a la oscuridad de otro cuerpo solícito y presto para atracar determinadas necesidades que por lo general desatendía. Entre las respuestas adquiridas ha arrumbado los gemidos que la conmueve, aunque en ocasiones frena más la comprensión del propio hecho que la esencial incomunicación del muro. Al llegar la noche, le priva sacar el caramillo que ella misma frabricó con un caña y libar el licor de algunas de las bebidas espirituosas elaboradas en su propia casa, será que el mundo es imaginario.

martes, 6 de septiembre de 2011

Traje a medida



Tras seis días de terminar las rebajas y una vez que mi adiestramiento comercial se habituó a la disminución del precio que pagué por tu orgullo, de nuevo repito el mareo de encontrarme frente al banco de agua de tu figura con la boca líquida mientras un catavinos prueba una pequeña porción. Y ahora mencionas que careces de trapos rendidos, obligándome a entregar pequeños sacrificios mientras me dejo vencer por algunos de tus vicios: ir de compras. Me conseguiste la falda voluminosa a media pierna, te quitaste el traje de pantalón ancho, te despojaste del jersey de punto grueso de color azul, me procuraste el vestido de lunares, la chaqueta de cuadros, la falda de colegiala. Entre tanto, continuas llorando derramando lágrimas de orujo, sintiendo profundamente como te complace esta situación, jadeando a modo de aspirador para succionar el último vestigio del crucero por el Caribe donde lucirte ante los demás. A larga distancia te observo detrás del visor de mi vieja cámara fotográfica con la que desenterré imágenes de cruzadas en pro de tu pequeño fin, con anterioridad a que mis ojos encomendaran el desmayo de acechar la desolación de tu inexistencia. Y después de aquel contratiempo, aprendí a quererme. En medio de chistes, choques, ocurrencias, adversidades e impactos aparecí repentinamente tomando conciencia de la realidad, más cerca de las radiaciones ultravioletas que envejecen  mi tegumento cutáneo. Y al final, para terminar deseando dos dedos de tus labios y el repicar del índice y el corazón sobre las castañuelas de tu risa, ¿será que mi espíritu celeste se acicala en un traje de Brioni?

viernes, 2 de septiembre de 2011

Rodeada de libros

Fotografía de Mª Jesús de Paradela

Desde pequeña sintió un gran interés por el cuarto rodeado de libros en el que sus padres permanecían momentos dilatados, en el tiempo que la perpetuidad casi incesante al igual que una fuente, emanaba de aquel lugar. Durante las mañanas del mes de agosto como una maitinada, al pasar delante de la biblioteca encontraba a su padre leyendo junto a la ventana realizando tal acto a modo de una ceremonia solemne. Y mientras ella observaba la posición del cuerpo de su padre sobre el sillón, la abstracción que reflejaba aquella cara prescindiendo de la realidad exterior, se demandaba e interrogaba a sí misma acerca de aquel embebecimiento que entretenía a su padre y le apartaba de toda su atención. A medida que fue creciendo, aumentó el mérito que su padre le hizo llegar a través de aquellos pequeños mensajes. Con el paso de los años, después de ir y venir por muchas ciudades y asimilar su emplazamiento, acabó convencida de que en efecto vivía rodeada de libros. Todo lo que los libros le expresaban durante la jornada, eran las palabras que su padre cimentó acerca de aquello que no le pudo manifestar, pero en la oscuridad de su imaginación las palabras de los libros, se convertían en una pica con el que el pez mordía el anzuelo de la verdadera fantasía.

Por increíble que parezca, muy pronto, quizá entre los siete y los nueve años, leí en serio de la biblioteca paterna dos libros a los que vaya una a saber por qué sigo recordando como importantes para mí: La vida de Jesús, de J.-E. Renan, y La vida de las hormigas, de Maurice Maeterlinck, libros que, según mi padre, estaban en el índice de los prohibidos por la Iglesia".

jueves, 1 de septiembre de 2011

Risa ruidosa







Con un verso sobrio y escueto, ignorando la Retórica de Aristóteles pero sin obviar la definición "más vale un verosímil imposible, que un posible inverosímil", él planteó uno de los últimos deseos como una dolorosa contracción asumiendo el compromiso. Solo tendría que sentarse, como tantas veces había hecho, en el reborde de plata y esperar a que pasara, organizando todo el episodio de su victoria para evitar la paralización que le causaba la vergüenza de que ella tuviera una aventura con otro hombre. Sería que ese poema también sostiene una vida independiente del poeta y del sexo del poeta, como afirmaba Octavio Paz. La magnitud de la humillación le hacía sentir como esos extraños maridos a los que les provoca y apasiona la idea de sentirse amarrados, silenciados y aislados con un llavín de escritorio en un armario pequeño entretanto ella se adentraba en la cueva de la parapsicología. Nadie le había llegado a obsesionar de ese modo, comprendiendo que debería hacer algo para persuadirla sutilmente. El mayor designio al que obedecía su integridad era poder despreciarla y calcular el modo de librarse de ella. Mientras, aparecían ciertos síntomas de vigorexia o tal vez, lo que halló fue un trastorno insistente alterando su aspecto físico con el que recobrar el ajuste necesario de su esquema corporal. En cambio ella prolongaba su hilaridad ruidosa en cada salutación familiar, era como si hiciera escarnio de su persona por puro placer. Ciertamente, ella premiaba todo el  esfuerzo que él hacía por vilipendiarla, engurruñando sus notas y haciendo caso omiso de sus palabras, a la vez que le inducía, le apaciguaba, de lo contrario habría sido un modo de comunicarse con él y solo buscaba pulir la apatía por apartarle de su vida.

martes, 30 de agosto de 2011

Un incidente más



La relación con su padre fue como la de unos primos lejanos, no había mucha comunicación con él. Ésta podría ser una de las causas de que en el colegio no tuviera buenas aptitudes respecto a sus compañeros. Admitía con enorme conformismo, la tunda de golpes que sus iguales propinaban en el colegio a los más indefensos, a la vez que despeñaba como medida de castigo a los chicos insociables o en todo caso, los chicos huidizos que se alejaban del rebaño. Al llegar al portal de su vivienda alzaba la mirada acechando la ventana de la habitación de sus padres por si se topaba casualmente con algún objeto extraño que no reconocía. Entonces recordaba la historia que su nana le había contado de pequeña: en una noche de tormenta y viento del suroeste, como un vendaval que derribó muchas tejas, su padre entró en la habitación donde ella dormía con solo tres semanas de vida, destapando las cortinas y separando del marco las hojas de la ventana. Se dirigió a la cuna y la arrebató de la calidez del edredón, situándola en el alféizar de la ventana dentro del capacho de la compra. Inmediatamente su madre la escuchó llorar, rescatándola entre gritos y sollozos. A medida que fue creciendo, la moralización de su padre estuvo presente en sus conversaciones: " Un buen padre debe velar por sus hijos y, si pienso que debes estudiar medicina en vez de dedicarte a la pintura lo hago por tu bien". La última situación espinosa que padeció con su padre fue en una discusión que él provocó. Bajo la luz clara de finales de verano, examinaba a su padre mientras la gritaba. Se acercó a él y rápidamente, le tapó los oídos para que solo se escuchara a él mismo. Cuando éste abrió la boca por la sorpresa, ella le tapó la nariz con el único objetivo de que el oxígeno esencial para vivir abandonora sus pulmones, enrareciendo el aire interior y soportando un ligero mareo. De tener un cuchillo entre sus manos en esos instantes, no habría considerado la posibilidad de penetrar con intensidad y violencia el borde de la hoja en su abdomen.

domingo, 28 de agosto de 2011

Alforjas


Después de colocar las alforjas en los lomos de la acémila, apechó con las responsabilidades. Hasta la alimaña más peligrosa se vuelve dócil y apacible en el momento de verse separado de aquella posesión más apreciada: su pareja. Olfatea a modo de un perro en tiempo de veda, el rastro de su presa por los cotos. Embiste a su enemigo por sorpresa, reproduce el ruido de la tempestad mientras aulla tras los cristales de sal y medita las consecuencias de sus actos pensando bien todas las tarjetas amarillas con las que fue amonestado. Marchar sin terminar todo el trabajo, negando el frágil cuello del que colgaría un collar comprado a un bucanero, solo permitía izar la cuerda de que estaba colgada observando la desembocadura de la costanilla en la que se encontraba varada. Antes de la mutilación y posterior refrigeración en el depósito de cadáveres a falta de un sepelio digno, intentó encarnar a lomos del burdégano, un nuevo desierto para el capricho y el anhelo, donde el amplio baldío de cabida al susurro de un antojo pasajero a modo de los Caprichos de Goya mezclando realidad y fantasía en una sátira de la existencia que tocaba vivir. Así poco a poco, perforando el túnel para establecer una comunicación a través del monte, se suicidó cortándose las venas volviendo a nacer con otro espíritu, arreglando su vestido y bebiendo agua de la acequia. Y todo, para evitar caer las alforjas donde conservaba un trozo de torta de ciruela envasada en una vasija, con el único uso de alimentar la caldera.