
Desde el patio con macetas, como un gato en una carretilla roja, salto por la ventana hasta colocarme en la cocina embalsamada en una nube de polvo amarillo. Los primeros pasos enfilan las huellas hacia el primer anaquel de la alacena donde la mermelada de melocotón se pavonea de ser la fruta prohibida confitada en seda. Hago fuerza por aventar el tarro con la intención de que se estrelle con luceros al anochecer. Con cuidado, meto la pata delantera izquierda en el frasco hasta embadurnar toda la extremidad de la sustancia roja pastosa que a todas luces, brilla dulcemente. Poco a poco, la pata derecha se une a la diversión resbalando hasta la parte inferior del recipiente mientras olvido donde esconderme para no deslucir el destello de la digestión. De vuelta a la ventana, la fruta azucarada se oscurece y gimotea en mi barriga produciendo un tintinar característico que silencia la chaparrada del corazón duro y compacto que se aproxima resonando.
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Así te miro
andar por el jardín
de verano: las cosas
que no pueden moverse
aprenden a mirar.





