El anfitrión de los jueveros de esta semana, Pepe, nos invita a desgranar y recrear momentos especiales.
Sobre una tabla grande y gruesa de surf puse el mar a mis pies. Encontré uno de los momentos más especiales para aprender a soportar la melodía de las viejas canciones de amor mientras perdían el ritmo, estorbaban los acordes y desentonaban las armonías hasta sufrir la disonancia de los instrumentos. Dejé atrás las primeras prácticas en la espuma de las olas rotas sobre la plancha, aprendiendo a remar sin apoyar hombros y pecho, con la cabeza bien alta. Aún no sabía hacer paredes bordeando las olas, pero me sentía como una caja de semillas de Svalbard, capaz de guardar todas las semillas que personalizan la variedad de cultivos que un individuo puede desarrollar en sus relaciones y sentimientos. De cara a las olas, miraba cada una de las etiquetas engarzadas a las semillas, analizando lo que precisan para mantener su esencia: "Oscura es la noche del mundo sin ti amada mía, y apenas diviso el origen, apenas comprendo el idioma, con dificultades descifro las hojas de los eucaliptos". De soslayo, no descuidaba la ola destructora vigilando su espalda, expectante porque nadie sabe lo que es el mar. Pasado los primeros soplidos, había que marcar la orientación de la tabla, fijando cierta velocidad a la vez que aseguraba el cuerpo como un arco capaz de impulsarse como saetas veloces. Alzada en la plancha, el silencio y los escalones evidentes se elevan por las crestas de las olas allanando el canturreo de los sueños.





