"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"

"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert

miércoles, 16 de octubre de 2013

Corte de energía



Desde hace tiempo, la falta de contenido es el riguroso prefijo que antecede los frecuentes cortes de luz que aparecen como una salida apresurada de palabras ambiguas con que adorno la carencia de servicio al saltar el diferencial. Las interrupciones suelen ocurrir por la noche, entonces camino lentamente para evitar el tropiezo de contenidos con los que perdería el equilibrio. Reviso con una vela en qué estado se encuentran los demás aparatos eléctricos de la casa en el momento del corte para aceptar sacar a la luz el lento lirismo que copio de la claridad que llega desde la ventana. Bajo la ceguera que por momentos me divierte y, en otras ocasiones, me arrastra haciéndome sentir peor, pierdo la posibilidad de enlazarme a otras luces con las que reaccionar en el laberinto iluminado de la aguja de marear para terminar abriendo el cerrojo de las incómodas oscilaciones bruscas de potencia. Después del apagón procuro despertar, perdiendo el miedo a crear una nueva holgura hasta que la distribución de las palabras eléctricas no alcanza.

jueves, 10 de octubre de 2013

Bolsa de valores

 Joan Colom
Cuida con mucho esmero el viejo rosal puesto que continúa brotando capullos que reprimen la auténtica virtud o el principio de lo que significa esta flor artificial, modificada y seleccionada para embellecer algo con adornos superficiales. Pero él recopila la importancia de su florescencia para confiar en la flor de todas las cosas que le renta una gran recompensa. Llegó a imaginar que el precio de la rosa roja era el doble de la aleación de aceros inoxidables, resistentes a condiciones meteorológicas adversas. El valor que otorgó a la rosa blanca prolifera durante todos sus inviernos al mostrar un cero absoluto capaz de solidificar el vapor que su cuerpo exhala hasta hacer desaparecer el sudor que rezuma de su interior. Y mientras, soba las flores como los botones de un ojal para abrochar lo voluptuoso y carnal de la rentabilidad que el remoto cobro de dividendos le reporta, buscando la seguridad de todo lo que él ha creado con la facilidad de obtener liquidez de su negocio. Retrasa la idea de que lo evidente salga a la luz.


¡No le toques ya más,
que así es la rosa!

Juan Ramón Jiménez

sábado, 5 de octubre de 2013

Hojas húmedas



Los días cada vez se van antes y en esta huida, sin pasar por el aro de voluntades impasibles, se presume una mujer de embero, semipesada, resistente y, medianamente nerviosa y blanda. Ahora que los parques están desposeídos de los pequeños jardines de infancia, el paso sinuoso de ojos cerrados marca el ritmo de sus piernas asimétricas mientras se siente rodeada de hojas escritas y secas en este otoño. Rematada por la acuciante puesta de sol, ya que éste nunca se oculta por el mismo lugar, bate palmas al descender por palabras garabateadas, compromisos contratados y álabes giratorios que impulsan el salto para evitar el barro que se adhiere a las zapatillas, cuando los nubarrones encharcan sin remedio, las esquinas de chapa y cemento que lee diariamente. Después de amontonar todas las carillas olvidadas en un recodo del parque, quema los papeles no publicados bajo una triza de piel húmeda con el relente de las noches calmadas hasta llegar a consumirse por completo. Y el humo de las palabras sube por sus corvas trepando por el basamento alcanzando la vista de la hermosa cúpula central de los verbos roncos y taponados.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Los jueves un relato: Bailar, Amar, Ver, Soñar, Morir



Había momentos que encontraba salida a todo aquella angustia opresiva, donde la desorientación y la frustración de sus deseos se neutralizaban hasta bailar en su cabeza pequeñas esperanzas en las que confiaba por algún tiempo. Otros días solo suspiraba ante la idea de paralizar cada uno de sus órganos vitales hasta dejar de vivir, muriendo en el fondo del mar bajo el ancla de aquellas vivencias pasadas, especialmente dolorosas y traumáticas. Desde la escollera del puerto que veía por la ventana de su habitación, amaba la bravura del océano como la valentía que necesitaba ingerir para aplacar la decepción que se asentó tras un golpe de puntería contra su ánimo. Hacía tiempo que no distinguía su sombra del eclipse de los otros pero esta vez, la ausencia no le atormentaría. Salió temprano del estudio, se dirigió con paso decidido hacia los bloques de hormigón del dique de defensa deteniéndose en el borde frente al fuerte oleaje del mar. El mar salpicó de espuma su cara y camiseta. Para arrojarse solo tenía que dar un pequeño paso adelante, abrir los ojos y dejar la boca muda. Quería observar como todo se movía a su alrededor, instigándole a exhibir su coraje en presencia de la inmensidad del ponto. En su caída, una sandalia se enganchó entre los bloques de hormigón, sus piernas se quebraron como brotes de varas de hierro en la única explosión controlada. No pudo con su amor.
 
Más conmoción en La Plaza del Diamante de Alfredo Cot

domingo, 22 de septiembre de 2013

Práctica


Todos los días circulo lentamente por la calle principal hasta que asoma como una pantalla de fotogramas, un trozo de cielo en el reducido estacionamiento imprescindible que todo conductor necesita para continuar orbitando en torno a planetas humanos. Delante del aparcamiento, siento que colonizo el territorio ante el requisito de poseer un espacio frente a los demás mientras sujeto el volante con fuerza y decisión proyectando dirigir el esfuerzo hacia el interior. Apago el motor y me dejo llevar por el impulso irrefrenable de exigencia de los otros, que una vez saciado abro la puerta con la idea de que se desfigure el miedo hacia ellos. Al salir del coche, la pierna izquierda suelta el lazo que me une con la idiosincrasia del viejo ladrón que atraca un banco frente a su patronato hasta cerrar la puerta y, recorrer a pie la deriva continental del trayecto diario.

 
La página es oscura y la historia es aún más oscura.
Todos tenemos el mismo libro,
idénticamente escrito.
Lo abrimos el día señalado, y comenzamos a leer.

Charles Wright

domingo, 15 de septiembre de 2013

Espíritu sensiblero


El león rampante de su blasón sentimental no miraba de lado, con un solo ojo, a la dirección que se dirigían las varillas de pólvora que las bengalas emocionales lanzaba a su entendimiento. Sin darse cuenta, se había convertido en una de esas mujeres con muchas emociones y pocos sentimientos. Estaba convencida de que todo espíritu sensiblero es aterrador, como son brutales las pequeñas maniobras cotidianas que moderan el abandono o la desesperanza. Ante los demás, escondía celosamente los misterios de sus inquietantes conmociones: bajo temblores que alteraban los circuitos integrados del único soporte, cercano al pantano anímico en el que se reclinaba; en memorias destruidas catastróficamente borrando una pequeña parte de su personalidad; en una sima melancólica causada desde algún recodo de su cerebro; desde una capacidad perversa y calavera incapaz de desprenderse de sus vicios aunque ya no proporcione ningún placer. Sin embargo, había secuencias de lealtad conmovedoras en actos de servicio al funcionar en condiciones normales como cuando un niño cierra los ojos entre temblores y dentera para ejercitarse en el arte de ver lo insoportable. Al fin y al cabo, nadie le enseñó a esconder su rostro, girando la cara contra el muro del desinterés hasta desvivir tranquilamente.


Y en la mesa ya sentados sonreía
Para que no pensáramos que la habíamos perdido.


Yolanda Pantin

lunes, 9 de septiembre de 2013

Últimos días

Mauro Giordano


Aún hoy atascaría tu boca con mi lengua, bloqueando tus palabras como un coche en la nieve o un retal llamativo en el centro de una almazuela mesurada del paño de cocina. Así estrenaría una nueva escritura en tus labios, declamando bajo tus labios diferentes signos convencionales envanecidos por el deseo y tus flexibles ojos crípticos. Todavía marcaría con arañazos tus bordes festoneados hasta tenderte como un mantel sobre la mesa mientras agarro con fuerza el diminuto universo de nadie. Continuarías inclinando tu cabeza frente al amanecer acercándote suavemente como un barco que se desliza por aguas dóciles y complacientes. Hasta esta noche escuchaba el carraspeo color crema que aclaraba tu voz tras los momentos en los que abrazabas la almohada en mi lado de la cama. Incluso hoy, al filtrar los recuerdos acuosos como las barbas que cuelgan de las mandíbulas de algunas ballenas, tus besos y caricias quedan atrapados en esta red que me proporciona lo necesario para resoplar.