Entre dos ataques de tos miré hacia un lado sin volver la cabeza hacia la cajetilla de tabaco rubio que hallé sobre la mesa que resultó ser la marca de cigarrillos que él fumaba. Desde ese momento, sentí una pequeña atracción de algún trato de favor hacia aquel hombre que tenía frente a mis ojos. Mientras dejaba caer los huesos de pollo en el plato, sus palabras se tornaban en delgadas fibras del tejido orgánico que configuraba la composición de su veteranía, envueltas en el interior de sus canas. Y antes de que llegara el postre, un cigarrillo se instaló en sus dedos. En ese instante presentí como alguna vez él se dejó llevar y me concedió un Sabines con un quiero fumarte, beberte y pensarte. "¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es
poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de
amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender
fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el
silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes
que no se dicen nada". Él nunca me apremió con la conveniente ejecución de sus deseos inmediatos, tan solo esperaba a que sintiera el gusto y el agrado de ser yo, la que compartiera un pitillo con él en cada uno de nuestros encuentros. Ahora que mi ropa huele al humo de este tabaco, no veo donde caen los visajes de aquel rostro mientras esperaba mi sonrisa y entusiasmo. Por el efecto del calor, me dilato en ese extraño desplazamiento.
"¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert
lunes, 23 de enero de 2012
miércoles, 18 de enero de 2012
Liquidación de ideas
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| Alberto Méndez |
«Vender es el proceso mediante el cual el vendedor consigue que el cliente piense o actúe de una manera no prevista por él. Y en beneficio de ambos.»
viernes, 13 de enero de 2012
Oximoron
| Punta de bombón |
Como si se tratara de arte marginal clásico moderno, creaba sus dibujos en aquel club de solitarios fuera de los límites de la cultura oficial. Entre mesa y mesa del comedor comunitario, rodeada de gays, lesbianas, chinos, rumanos, latinoamericanos y demás españoles, ella era una versión definitiva. Recogía materiales que encontraba en el suelo, así los papeles, los vasos de plástico o las etiquetas de diferentes productos formaban parte de los elementos con los que dibujar y completar los murales de papel continuo colocados sobre las paredes de su habitación. El yugo liberador de los dibujos constituían un razonamiento emotivo que traía a su mente todo un conocimiento indispensable y nutritivo. El secreto compartido de cada uno de sus murales temblaban como un sudor frío ante el anonimato, sin firma y fecha de realización. En aquel tiroteo amistoso dejaba al descubierto el desequilibrio psicológico que atenazaba su memoria: la violencia y profanación de algo tan íntimo y recóndito como su propio cuerpo. Desde entonces, un estribillo acompañó todas sus conversaciones: "en apenas unos segundos, la vida cambia para siempre". Entre las terapias alternativas que le propusieron para aquel misterio sin resolver que su mente no dejó desprender, abrigó aquellos dibujos/murales enraizados en su propia historia. Vivir en el permanente museo de arte contemporáneo facilitó a parte de su familia, sus vecinos y amigos aceptar lo ocurrido aquella noche del mes de enero, que como una periodista discreta había ido derramando su dolor.
martes, 10 de enero de 2012
Partículas de energía
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| Laszlo Moholy-Nagy |
Como electrones orbitando en un estado puro te veo hundiendo las galletas en un vaso de leche. Las hondas que produce la lactosa se reflejan en tu rostro y yo, como una observadora que da existencia de tu mundo, vivo en tu universo de participación. Experimentando pequeños saltos de energía con la que me gratificas mientras absorbo parte de la radiación que consigues emitir hasta que vuelvo a calzarme mis viejos zapatos para continuar con la marcha diaria. Cuando me levanto, tus ojos me exploran con el mismo grado de explosión que una mezcla de hidrocarburos capaz de consumir con fuego, el papel grabado con tus palabras que sueles pegar en el perchero. Al pasar por la puerta hacia la calle, me encuentro buscando los objetos que te rodean simultáneamente por los distintos lugares que transita mi rutina. Sería como creer que las partículas que te conforman existen a la vez en mi vida, superpuestas en diferentes situaciones al mismo tiempo. Así, salgo por la ciudad dormitorio postulando percepciones captadas valiéndome de los sentidos del universo concreto que me rodea. En mitad de la calle, en esa pequeña extensión del universo, es el momento exacto en el que deseo ver tu camiseta desintegrada, aquella que dejas sobre la cama, en ese estado delimitado y evidente. Sin embargo, al reducir el paquete de tus ondas descubierto en pequeños jirones de tu camiseta, advierto una gran adherencia a tu universo por un intenso mecanismo de fricción, "la aparición de tu rostro en la multitud; pétalos en una rama oscura y húmeda.".
viernes, 6 de enero de 2012
Merceología química
Así como tampoco hay cuerpo que el viento no haya sacudido, la entidad que constituye mi cuerpo está saturada de pequeñas actas que certifican la autenticidad del paso del ecuador hasta llegar al súbito cimbrón como un dolor penetrante en el alma. Según Antífanes hay dos cosas que el hombre no puede ocultar: que está borracho y que está enamorado. Amordazar con un trapo esa parte central de mi existencia, engrasando el cuerpo del deseo construido en un mapa mental de circuitos cerebrales que saltan el molinete de la cascada de emociones eléctricas y químicas del amor. Desconozco qué enfermedad es más grave. Durante mi infancia, la fábrica química de mi organismo se halló obstruida impidiendo el flujo de la bilis en el hígado. La colestasis desencadenó el transplante de un pedazo de hígado de un donante vivo, mi padre siempre me dejó clara esa pequeña anotación. Mis pequeños vasos sanguíneos necesitaron un tratamiento especial en las distintas salas de UCI por las que pasé. Los tres primeros meses fueron atenciones y mimos con regalos de días de Reyes. Con el paso de los meses y algunos años, después de las inyecciones y todo el medicamento ingerido con efectos secundarios diferentes, necesité múltiples controles y visitas al hospital. Y hoy, al sentir como se inunda mi cerebro de un líquido coloro de nombre impronunciable, feniletilamina, no tengo la certeza de qué reporta este desorden químico, si tres onzas de chocolate o la tasa del recuerdo de una gran delirio que solo existió en mi capricho.
martes, 3 de enero de 2012
Desvelo
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| Siegfried Zademack |
lunes, 2 de enero de 2012
Cena de Nochevieja
Nunca supo si felicitarlo o ignorar todo lo sucedido puesto que lo ocurrido entre el minuto uno y el minuto cinco de aquella historia necesitó el feedback de su humillación para completarla. A pesar de su carácter extraño, sujeto a inesperados ataques violentos montando en cólera y gritando, aquella Nochevieja le prometió que se comportaría con prudencia y cordura. Durante la cena en la que el vino fue abundante, acabó por golpear los puños cerrados sobre la mesa dirigiendo todas las miradas hacia su rincón. Las cortinas del ventanal del salón estaban corridas y el reflejo de la luna descansaba sobre su espalda. Como si la propia luna le hubiera inyectado una dosis iracunda y sin lograr entender el motivo de su furia, súbitamente se incorporó llegando a las manos con uno de los invitados que se encontraba en su misma mesa, tumbándolo de un puñetazo. El hombre al caer tropezó con la tabla horizontal percutiendo su cabeza contra el borde de la silla. El impacto fue mortal y el invitado murió en el acto. La primera reacción por parte de todos los comensales fue de una parálisis absoluta ante la incredulidad de que realmente aquel hombre hubiera fallecido. Después de comprobar el estado del cuerpo que yacía tendido en el suelo, él movió ficha: caminó de espaldas con la vista puesta en todos los asistentes que atendían al difunto a la vez que movía los brazos intentando desasirse y desprenderse de los miembros que intentaban retenerlo, hasta tropezar con la barra libre que lo esperaba como un muro aspillado. Sus articulaciones no dejaron de moverse hasta que sujetó con fuerza una botella de whisky con cuello estrecho que en un acto reflejo acercó a su boca, bebiendo de ella. De inmediato, se desplomó a la vez que sus manos sujetaban su cuello con fuerza. La maniobra de Heimlich habría desobstruido el tapón de la botella alojado en su garganta.
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