Notó despuntar la aurora despertándose levemente, después de que aquella noche el gallo destemplara entre las tres y la cinco de la madrugada. Antes de salir de su casa en dirección al trabajo contempló la bahía de las termas que se divisiba desde la ventana del salón en una jornada radiante y serena. Es lo que tiene el verano, ayuda a despojarse de muchas cosas, no solo del revestimiento de madera que contenía la pinacoteca de su plenitud sino de todas las flores que él había ido dejando a lo largo de los últimos meses. Comenzó con regalos amistosos: lirios de inocencia y alegría para una mujer destinada a edificar regocijo. Más tarde se presentó con camelias blancas de amistad insustituible. Después llegaron tulipanes rojos, claveles y margaritas, todo para una mujer encantadora, solía decir. Siguió caminando por las calles, andando sin dirección determinada mientras batir el lugar donde se encontraba, fijando su indicación en un aparcamiento donde los cumbures estaban sin hojas, los coches de caballos abundaban y la recopilación de canciones de autores desconocidos se escuchaba como confidencias titilantes entretanto las piernas soportaban gran tensión. De pronto le vió detrás de la puerta de cristal que recorría a diario, volvió hacia atrás para abandonar aquel panorama o para que él no reparara en su presencia. Si conectaba el circuito eléctrico, las flores resaltarían sus colores y la impasibilidad de su expresión eclipsaría cada una de las varillas del corsé que reducía su espontaneidad. Afortunadamente recordó a su amiga L. que sin percartarse de ello se encargaba de enseñarle ciertas lecciones: estando soterrada bajo el catafalco de tus huesos hay que clavar los dientes a la duración de la vida.
Gracias L.





