"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"

"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert

jueves, 4 de agosto de 2011

Recomendación de L.




Notó despuntar la aurora despertándose levemente, después de que aquella noche el gallo destemplara entre las tres y la cinco de la madrugada. Antes de salir de su casa en dirección al trabajo contempló la bahía de las termas que se divisiba desde la ventana del salón en una jornada radiante y serena. Es lo que tiene el verano, ayuda a despojarse de muchas cosas, no solo del revestimiento de madera que contenía la pinacoteca de su plenitud sino de todas las flores que él había ido dejando a lo largo de los últimos meses. Comenzó con regalos amistosos: lirios de inocencia y alegría para una mujer destinada a edificar regocijo. Más tarde se presentó con camelias blancas de amistad insustituible. Después llegaron tulipanes rojos, claveles y margaritas, todo para una mujer encantadora, solía decir. Siguió caminando por las calles, andando sin dirección determinada mientras batir el lugar donde se encontraba, fijando su indicación en un aparcamiento donde los cumbures estaban sin hojas, los coches de caballos abundaban y la recopilación de canciones de autores desconocidos se escuchaba como confidencias titilantes entretanto las piernas soportaban gran tensión. De pronto le vió detrás de la puerta de cristal que recorría a diario, volvió hacia atrás para abandonar aquel panorama o para que él no reparara en su presencia. Si conectaba el circuito eléctrico, las flores resaltarían sus colores y la impasibilidad de su expresión eclipsaría cada una de las varillas del corsé que reducía su espontaneidad. Afortunadamente recordó a su amiga L. que sin percartarse de ello se encargaba de enseñarle ciertas lecciones: estando soterrada bajo el catafalco de tus huesos hay que clavar los dientes a la duración de la vida.

Gracias L.

lunes, 1 de agosto de 2011

Clases de rumba



"Entre seducir y correr, donde la mujer excita al hombre y más tarde le abandona; otra de las expresiones es que el hombre intenta entrar en el cuerpo de la mujer y lo consigue (solo en el baile)". Inés explicaba en qué consistía la rumba, un baile de salón con variados estilos, mientras ella se imaginaba zarandeando sus caderas como una sencilla imitación al contoneo que reflejaba el profesor de baile. Rellenar el pasatiempo que su amiga proponía resultaría un intrincado crucigrama. Cinco horas de lunes a viernes sería suficiente para indagar si existían posibilidades de adquirir el singular talento de algunas mujeres por dominar al hombre usando sus encantos femeninos. Se consideraba enérgica y con cierto brío aunque nada comparable con el donaire y la agilidad graciosa y sensual que manifestaban sus compañeros latinos. Resolvían los movimientos con una cadencia ordenada y ajustada a los tiempos y, al espacio concreto donde sus cuerpos se desenvolvían. Cuando sus compañeros extendían las manos para sacarle a bailar, sus musculos se tensaban porque no era sencillo adivinar algunos de los pasos a seguir. Bailar aquellas consonancias planteaban ciertas dificultades: mover las caderas y la cintura levantando escasamente los pies del suelo con una oscilación de suave de los antebrazos. Y todo con el único objetivo que su amiga Inés declaraba: "buscar una relación pasajera, sí ligar, no pasa nada...". Las palabras de su amiga oprimian las demás certezas entretanto su profesor tan pronto le acariciaba con el dedo la cintura, enunciándole con voz lisonjera "lentamente" y la lentitud arrullaba en el canto de la oreja y sellando sus ojos se dejaba llevar por él.

sábado, 30 de julio de 2011

Viñetas

                                               Sonia Pulido


Sus conocimientos se fueron sedimentando, como el azúcar en el fondo de una taza de café turco, para más tarde leer los posos de coffee. En esa ocasión el augurio desplegó un presagio favorable: era más que conveniente descerrajar el freno mientras volaba llevando colgado de sus garras pedazos de las algunas sabandijas halladas por su camino, entretanto los engullía para regurgitarlos a sus camaradas. Y en ese instante apuró la fantasía para orientarse hacia la puerta trasera de la estampa que representaba su cabeza, a la vez que retaba al tiberio organizado en la calle que se divisaba cerca de la orilla de las huertas. Como el aullar de los lobos a la luna sintió un continuo plañido que le desollaba las manos al asimilar que, la trabazón con sus insinuaciones atadas a otras alusiones se zafaron tal que un delicuente de la policía. Así, andando por la senda de la calle sin acera, arrimada a las casas, fue emplazada a los recuadros que formaban aquella historia gráfica. La limitación de aquellas líneas negras que representaban el mínimo espacio y tiempo significativo de su historia convertían en símbolo el comic de su propia narrativa. Al cambiar el orden de la lectura de las viñetas de derecha a izquierda, los sentimientos y recuerdos quedaron cifrados empeñándose en codificar sus certidumbres. Aquel lenguaje elíptico que no expresaba todo lo que urdía su cabeza, analizaba el beneficio de la generalidad, debiendo suplir los tiempos muertos de cada ilustración en un proceso cerrado y deparando cercar las imágenes del pasado.

miércoles, 27 de julio de 2011

Efigie

                                                     Lucien Freud   


Su petición a veces se movía hacía otros parámetros, adquiriendo la naturaleza de ruego humilde y sumiso: "te pido que sorprendas, perturbes, seduzcas y convenzas". Con aquella franqueza figuraba su realidad, como las nubes disponen y perfilan una cara, calando en su interior mientras escarpaba su talla a modo de un desbastador de madera. En una remota vaguedad, ella se miraba en la luna convexa que él reflejaba, como los espejos de los aparcamientos permitiendole ver la imagen supletoria que su personalidad le prometía. Y así, ella se sentía poderosa como Perseo tras robar el yelmo de la invisibilidad de Hades. La interpretación de su individualidad se volvía una progresión de apariencias constantes rechazando lo que veía para empecinarse en lo que era realmente, una diversión para aglomerar diversos efectos especiales así como meter los pies en el fango al cruzar por aquellas aguas. Logrando gestar de ese viaje un tegumento de tacto aterciopelado tal como una historia fidedigna. Meditar sobre la objetividad de sus palabras, le asistía en una supuesta obligación de creer aquello que percibía a diferencia de lo que creía divisar escondido entre sus palabras. El fruto de aquel grado de letra, mayor que el brevario y menor que el de lectura, eran palabras patológicas, en ocasiones saludables, acariciadas por una luminiscencia aguda visible unicamente en la oscuridad. Sus ojos iconográficos reseñaban el confín de sus palabras.

sábado, 23 de julio de 2011

Predisposición



Desde el último encuentro que mantuvieron, tuvo la confianza de que él se conservaría en un  recuerdo permanente, al igual que la Biblioteca Nacional guarda con cuidado los manuscritos del siglo XV. De nuevo la espina de la nostalgia de aquel otoño se introducía en la carne y las demás aflicciones salían a su encuentro, sin celebraciones y guardando silencio, pero sobreviviendo al naufragio. La decisión estaba tomada,  encubrió sus ojos viendo la realidad tal y como es, viajando a algún país de Latinoamérica en busca de oportunidades. No tenía claro qué punto elegir, la baraja estaba sobre la mesa: México, Argentina, Colombia o Panamá. Las ruinas del piélago le correspondían en la soledad autoimpuesta. Agotada de ir de ventanilla en ventanilla portando sus penurias, basado en un título universitario junto con la licenciatura que le concedieron con la beca de postgrado, en ocasiones advertía como la desventura empantanaba su ánimo inquietándose ante ese atosigamiento. De ese modo, los tres o cuatro hábitos sencillos que la escoltaron en su peregrinaje dominó su espíritu, puesto que la calamidad de uno persigue a los errores de los demás. Sujetarse firmemente mientras descendía por la escalerilla del avión fue como otorgar a la senda del éxito la final de su mundial, ubicándose como una española residente en el extranjero, alejada de todos y avanzando en su trayecto. Había vuelto a soldar sus ataduras para conseguir crecer.
 Todo lo que cambia, donde cambia, deja detrás de sí un abismo.
Antonio Porchia

miércoles, 20 de julio de 2011

El escritor


Tras la coagulación, presionando la herida con gasas, el escritor reforzó el corazón con una llama azul preservando cierta flexibilidad hasta conseguir una banda que lo envolvía, cubriendo con pliegos de condiciones la pila de dos senos a la vez que doraba las manchas. Encadenado con una cinta aislante al arte de escribir lo bello, abandonaba sus manos en algunos de los ángulos entrantes de restos de cosas que quedaban por recovecos apartados de la vista, desobedeciendo sus confesiones, cerrando sus verdades y ladeándose hacia ciertas sospechas terminando soliviantado. Y de esta suerte, entre flemas y serenidad condescendió a voluntades ajenas publicando desde creaciones completamente provechosas hasta manifestaciones de una revelación artística asombrosa, solo que al igual que los ocho minutos que la luz del sol tarda en llegar a la Tierra, ese lucimiento no estaba presente en su vida. Pero adquirió la habilidad de un dramaturgo árabe durante la al-nahda representando textos poéticos como danzas dramatizadas con música al inhalar el calor de las imágenes reales que idealizaba, mientras mudaba a un experto glosador de textos.


lunes, 18 de julio de 2011

Diálogo de delfines


Siempre entraba el primero, su actitud de bastonero era como una figura cuasi jurídica sin bordón ni ningún otro distintivo pero velaba por el buen orden de aquella sala de baile. Las once sillas estaban colocadas en círculo para no interferir la comunicación entre ellos con mesas y otros muebles. Llegado el inicio solían ser puntuales puesto que la falta de diligencia y cuidado en asistir a su hora le restaba puntos del programa, siendo un gesto, una palabra o una metáfora el detonante que desencadenaba la conversación. En una ocasión alguien relató un sueño: “estoy en una habitación, como de un hospital, estoy en una camilla, tapada, alrededor hay varias personas de mi familia. Se acerca el médico que tiene que hacer una extraña contorsión para meterme una paletita como de helado, en la vagina y sacarme una muestra. A mi me da mucha vergüenza y mucha rabia con el Dr. y las demás personas que están ahí”. Rápidamente otro aclaró: "Etchegochen lo plantea como que “Busca iluminar algo que le pertenece al analizado, pero que no percibe
distintamente; intenta poner a la vista algo que el analizado sabe confusamente, conoce pero no es capaz de aprehenderlo a pesar de que no sea inconsciente”". Su función no consistía en interpretar, encontrando el sentido y significado de las palabras, no trataba de resolver los problemas sino de facilitar la comunicación para establecer algún arreglo entre las partes. La meta era clara: alcanzar que un fanático arrepentido tomara verdadera conciencia de los delitos cometidos y llegase a la convicción de que tendría que pedir perdón a las víctimas por el daño que les ha hecho. Un modo de avanzar hacia la justicia restaurativa.