"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"

"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert

jueves, 31 de marzo de 2011

Desiderátum

                                     Malwina Matusiewicz. Casa de las Sirenas.




Con hambre y escasa valentía se atrevió a indicar a su preceptor, el laudo que añadía a la cuenta por la propina del servicio. Después de obtener una copia de la huella que él dejó al pisar el suelo de su cocina, columbró por la forma del platel de la entrada que su amistad se eternizaría, abreviando el espacio y el tiempo. Dado que nunca cenaron juntos, desarrolló una extraña sensación de necesidad de alimentos, sobre todo por las mañanas al  levantarse. En aquella extraña crisopeya se desenvolvió una apetencia exagerada, capaz de tragarle con ansia y apresuradamente, empuñando con la mano cerrada su capricho y objetivo. Ella fue solo un ligero apetito para él. Esas ganas de comer eran como una extención que se produce sin dolor y sufrimiento, mezclada con brea, pez, sebo y aceite usada para calafatear su mente. Y con esa apetencia, ella escuchó el canto del cisne que le profirió en su última comunicación, tal como un bioindicador señalando lo que debía proteger: su intimidad. De repente, dejó de interesarle. Con naturalidad, encajó la pena curtida del desabrigo de sus palabras transcritas en líneas de color verde, ahora que la ilusión halagüeña, transmutada a desiderátum retornaban. El quebranto lo regía: las manos que no volvería a sentir, la estridencia de sus arranques. Dando por perdidos los significados exactos, le resultó difícil expresar lo que pensaba, faltando palabras para declarar lo que le pretendía.

domingo, 27 de marzo de 2011

Teatro




Sentada en la cuarta fila de la sala, el teatro aparacía de un tamaño mayor al que recordaba de su última visita. Antes de que comenzara la actuación y desde su posición, observó la línea de luces de las candilejas, evocando aquel deseo que creció con ella: su mayor ilusión era trabajar entre focos, en la parte del escenario más inmediata al público, saludando desde el proscenio una vez terminada la actuación. La boca de escena enmarcaba el escenario a la italiana, al cual emergía desde la ciclorama un auténtico personaje: la melancolía. Con su peculiar exhibición, contorsionándose por su propio dolor, a la vez que ensortijaba la bilis negra alrededor de su boca, presentaba sus papeles. A continuación le acompañó un segundo protagonista: el chisme y el cotilleo del mundo literario, con el murmullo y el zumbido de la vida de real de telón de fondo, transfigurandose al sonreir mientras chismorreaban al tiempo que se elevaban los suspiros y el siseo. Con cierta lentitud y dificultad, se dejó ver la timidez, con la modestia de un furgón y la cortedad de un caracol incómodo, recogido de una junco húmedo. Despacio, con sus tempos sincronizados, fueron flotando los distintos intérpretes de la obra de teatro entre las marcas de la escena. No se contuvo la ternura, acudiendo puntualmente a su cita y alegrando al público, mientras colocaba el dedo en la llaga, dando con el punto clave y más conflictivo del asunto: la exposición del cariño y la delicadeza. A su lado tocando el laud, la desdicha y el desconsuelo consumen una maldad de inferior calidad: la desgracia, que sería la peor infelicidad. Entre ficción o engaño y profundizando en un baile de cifras, cambiando una letra por un número, se manifiesta de forma inesperada la inteligencia. Con su buena intención de descubrir la verdad y la facilidad de entender las demostraciones, "dejándole la elegancia al sastre". Y siguiendole muy cerca, el interesado, oportunista, que solo sale con los amigos para que le inviten a cenar. Así, desde la terraza se aprecia como ejecutan su labor los actores, interpretando las señales a través de la cual se adivina el futuro.

viernes, 25 de marzo de 2011

Encuentros



La tarde previa al cambio de hora para ahorrar energía eléctrica, perforó sondeando las vidrieras, mientras observaba el bullicio de las tiendas y bares de la calle, hasta llegar al puento de encuentro. Para tomar una decisión importante en relación a un asunto de gran calado, era preciso analizar todos los datos, comparando las diferentes hipótesis que flotaban para considerar la resolución más oportuna. Por tanto, se dispuso a almorzar con su ex-esposa con la finalidad de averiguar y comprender algo más sobre él. Tenía la certeza de que ese comportamiento y propósito, entreveía una extraña figura a todo aquel que se presentara por sus aberturas. Los deseos de ser una cortesana, desertaban durante la fuga de un preso anónimo de la cárcel de alta seguridad. La comida ligera la aceptaron como un refrigerio, teniendo en cuenta las circunstancias. Poco a poco, percibieron cierta tranquilidad y sosiego, que les facilitó su empatía y el motivo de aquella reunión: tratar el conocimiento que ambas poseían sobre él. Entre tanto, ya en el segundo plato ella le confesó: compartíamos la misma cualidad, mi adoración seguida de reverencia y su propia idolatría y estimación. Como justificación a cada una de las dos formas opuestas en que se orientaba su amor, le entregó una explicación muy sensata: se conservan ciertos placeres en el sufrimiento que pueden llegar a ser más dulce que el deleite del placer. Ya en el postre y, con varias copas de Albariño que acompañó al marisco que degustaron, confesó el secreto que tenía tan guardado: su matrimonio fue feliz, el único inconveniente lo descubrieron al tratar de compartir sus vidas. Una vez que se despidieron, se reunió en el mismo lugar con él. Intercambiaron algunas preguntas, "¿qué hace tu marido?", a lo cual ella contestó: "lo que ninguna mujer intenta conseguir", y continuó: "¿me concedes esta noche para mi solo?, y ella respondió: "no preciso dos esposos".

"¿Cómo valorar la felicidad, por momentos o recuerdos, o hay que medirla por la satisfacción en la vida?"



Él: "¿Qué Él: "¿Qué hace tu marido?"
-Ella: "Todo lo que sé es que no busca una mujer"
-Él: "Te gustaría convertirte en mi mujer esta noche?"
-Ella: "No necesito dos maridos"
hace tu marido?"
-Ella: "Todo lo que sé es que no busca una mujer"
-Él: "Él: "¿Qué hace tu marido?"
-Ella: "Todo lo que sé es que no busca una mujer"
-Él: "Te gustaría convertirte en mi mujer esta noche?"
-Ella: "No necesito dos maridos"
Te gustaría convertirte en mi mujer esta noche?"
-Ella: "No necesito dos maridos"

martes, 22 de marzo de 2011

Série Noire



Si alguna vez hubiera entrado a formar parte de la colección Série Noire francesa, la desgracia de los peores percances se instalarían a su lado, así como el miedo, al temor de sentirse víctima de sus adulaciones sería inevitable, avalando la intromisión del criminal mediante su mirada asesina. La gran atracción que sentiría por aquel actor homicida correspondería a la devoción, que entre los orientales, les conmueve una almea mientras improvisaba versos, danzas y cantos a la vez que provocaba y revolvía sus fluidos en el laboratorio. En la Série, el deslinde de los 140 caracteres escritos en línea recta conseguirían vadear los arcanos, muy secretos y  misteriosos galanteos que el criminal dedicaría a su víctima, no en vano, ella pretendería construir un baluarte para contener el agua de la riada. Pero llegado el capítulo a este punto, los episodios de impaciencia y exaltación de su decisión ya no importaría. Aquella adoración, hacinada bajo el lecho, se tornaría en una opresión de todo su cuerpo, con una boca de incendios sin llave de riego suficiente para sofocar el siniestro. A medida que leía el libro, iría comprendiendo que aquel comezón producido por su tardanza en agonizar, desuniendo su vida, era la mejor espuela con la que picar a la caballería para montar a la jineta. No llegaría a ajustarse al parecer de su asesino, puesto que él arrinconaría las ranuras convenientes para introducir las monedas en la máquina expendedora, tratando de comprar sin la presencia del dependiente, siendo su actuación impecable, distanciándose de la luz. La muerte le abordaría como un refresco, para tratar con ella un asunto.







sábado, 19 de marzo de 2011

Seguridad en sí misma

                                     Mujer.  Miguel Camargo



La cómoda que había ocupado un lugar destacado en la habitación de su madre, pasó a formar parte del mobiliario de su cuarto. Sin disminuir el lustre y los recuerdos que aquel mueble con cajones ocupando todo el frente, alberga en sus sentimientos, decidió darle un aire nuevo blanqueándolo. Para ello utilizó el albayalde, un pigmento preparado en bote y aplicado con una brocha, el cual penetrando en las fibras de la madera, resaltaría las fibras de ésta. Su madre le enseñó que debía mantenerse ocupada, afanandose en sus actividades con solicitud y empeño. Poniendo interés en aquello que se consideraba trascendental y  primordial para lograr resultados, pero sin postergar, teniendo a menos lo juzgado como accesorio y nimio. Preservar cualquier asunto fútil le rentaba seguridad a sí misma: dar su parecer sobre una canción, disfrutar de las últimas semanas del invierno, encontrar una explicación a ciertos momentos de estrés y tensión, elegir unos pendientes bonitos,  logrando hallar nuevos yacimientos neolíticos para continuar sus sueños. Entonces cobraban existencia momentos que a pesar de lo cargada que estaba la atmósfera, el tesón junto con el deseo acrisolaba el oro de otros metales. Así, una mirada o un susurro tácito y sigiloso, excedida de su percepción, resurgía a pesar de los engendros más fantásticos del folclore a modo de expresión, captando el roce de unos ojos o musitando entre dientes mientras escuchaba su nombre, alcanzaba un nuevo sentimiento, "sentirse la mujer más hermosa de la tierra donde no había reino que no fuera de ella". Y entre esos planes concebidos para producir ilusión, se tendía sus propias trampas.

jueves, 17 de marzo de 2011

Lenguas hermanas



La espera indeterminada junto con la inmediatez de su llegada, contra la fuerza del riesgo que comportaba aquella visita, le mantuvo próxima a la reja adosada en la fachada. Trató de olvidar las últimas objeciones que habían surgido con su hermana ya que, de algún modo, aquellas rencillas permitían que desarrollaran estrategias de sociabilización, pese a que en ciertas ocasiones la sangre cercana que las unía rechazaba su linaje. Desde bien pequeñas aprendieron a desaparecer, esconderse y transformarse en otras personas distintas a las que cada una conocía y dominaba, para coexistir relacionandose, sobreviviendo a las sacudidas que recibían entre sí. Profundizaron para llegar con detenimiento al perfecto conocimiento de la otra, redondeando y limando las aristas, pues no se puede devastar echando una carta superior a la jugada por la otra persona, ajustandose después a la insondable rutina viviendo dispensada del remordimiento. Como si aguardaran esos momentos de polémica y dialecta, despedidas sin que ellas se dieran cuenta, mientras prescindían de la pereza y dejadez para inventar nuevas cohesiones. Al fina acababan tolerando las pequeñas ofensas y faltas que sentía cada una acerca de su hermana carnal. Entre aquel agua templada, con boletos falsos de poco valor en la superficie del líquido potable, asimismo ligeras como una comedia, tropezaban tocando fondo ambas a dos en su propio folletín.

martes, 15 de marzo de 2011

A la demanda



El penetrante y continuo sonido de la música que provenía del salón, le produjo cierto aturdimiento que provocó su desmayó. Una vez le inyectaron la morfina para calmarle el dolor, reparó la progresiva parálisis de sus piernas, más tarde ese anquilosamiento continuó hasta la nuca, prolongandose a continuación una laxitud que elevaba los brazos nervudos como si ondeara en el agua de un estanque. Al abrir la puerta se la encontró tendida en el sofá. Por eso le sorprendió que se acercara a la fiesta y compartiera esos momentos tan íntimos y reservados de su alteración y dolencia, precisamente ella que jamás le dirigió la palabra, esa noche se aproximó con sus sombras chinescas iluminando la parte opuesta de su único espectador. El encuentro, en el que ninguno salió y hallaron lo imprescindible para recibirse, concurrió simulando amaneceres entre breves escaramuzas. Y con un nuevo valor consecutivo, la sonrisa se transfiguró en el trato de pena de silencio convenida a un ostracismo particular, preservandole en un determinado lugar seguro, desterrado con prerrogativas privilegiadas. La omisión y abstención fue necesaria. Las imágenes del repetidor no llegaron a los destinos señalados, porque se desbarató, inutilizandose la estación emisora. A la sombra y sin el cosmético apropiado para dar color a sus párpados, proporcionando indicios de su falta de madurez, la reticencia junto con las medias palabras incompletas, rebajó los colores demasiados vivos templando el tono de la luz.