Un aluvión de nubes inundó la mañana de Nochebuena. Al asomarse por la ventana de su buhardilla y contemplar el tapiz de telas impermeables que cubrían las calles de su barrio, sintió el impulsó de huir de aquella ciudad, esquivar todas aquellas personas y correr hacia el terruño donde le esperaba el fuego de la chimenea que aviva su madre cada noche antes de acostarse. Los puntos suspensivos marcaba las 13,00 h como el horario de salida que ese día había establecido su empresa. Preparó un sándwich de atún y fiambre para salvar el tiempo de la comida y emplearlo en las tres horas que consumía de camino a casa. Conducía con destreza pero el viento y la lluvia que azotaban su coche retrasaba el premio de alcanzar el destino que tanto deseaba. A medida que se iba alejando de la ciudad jardín-dormitorio en la que estaba instalada, el embiste de la ventisca, por momentos aguacero, dificultaba el manejo del vehículo hasta la necesidad de insuflar aire en sus pulmones arrancando cierto coraje adherido a su compresor de aire. De repente, cuando la guardia civil de tráfico cortaba el tráfico de la carretera, desviando la circulación por otra ruta alternativa, uno de los carteles lanzaba algo parecido a un murmullo que llegaba a su oreja: "que la buena ventura determine un designio cerca de una casa vestida con prendas de todas las edades; que discutas los asuntos con personas sazonadas y maduradas al sol; disimula y guarda tu riqueza, asegurándote de no perder el dinero por el camino, de paso a otro lugar; que siempre encuentres una tapia que te resguarde del viento y un caparazón que te proteja de la lluvia; una compañía teatral con la que compartir risas, bebidas y calor y, que tengas muy cerca de ti, aquellos que estimas". Al punto, descorchó la colmena y probó la miel de la Navidad que estaba próxima a deleitar en la Nochebuena familiar que le esperaba con música y cena especial.
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