En vacaciones como seis veces al día muy poco comida para recrearme continuamente en la complacencia que trae consigo al velo del paladar el gusto de los manjares, puesto que todo se termina de inmediato por tanto el único significado que representan los objetos son las propias piezas. En una de las ocasiones, mientras comía una nectarina pensé en el poema de H. Cole entretanto quitaba la vida al fruto con alevosía y premeditación tratando de anular la lógica y sensatez del hombre al no conseguir idear el equilibrio y armonía preciso en la naturaleza. Guarecerme durante esos días en la frase acuñada por el poeta Horacio: agarra el día cuan mínimo crédito al posterior, supone atender con toda la calma viable, la sobriedad del decorado olvidándose de las superproducciones de Hollywood, la ausencia de adornos sin una función útil tal como las notas que se añaden a una melodía que no conllevan alteraciones importantes. Durante la holganza vacacional, la inmersión es el equivalente a un astro que entra en el cono de sombra proyectado por otro, es el momento propicio para ocultarse, zambulléndose en una especie de cama con alivio de bálsamo aromático. No hace falta divisar nada asombroso para alegrarse, ya es mucho lo que se advierte en ese tiempo anodino y sin importancia donde la cotidianidad se convierte en la protagonista de la jornada. Así, observar el pelo que se cae descolgándose la caldera de los llares, veraneando en un madero verde en el mismo momento que el cielo se mancha de gris a causa del polvo que flota en el aire, dificultando la respiración y la visión de la pista para llegar a casa, puede llegar a ser una ocupación jugosa. Será que la felicidad va unida a un bloqueo social, económico y moral que te lleva a una autarquía, evitando las importaciones y observando lo minúsculo e insignificante.
"¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert
jueves, 25 de agosto de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Azul japonés
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| Suzanne Valadon. La habitación azul |
El invitado que infundía ánimo y esperanza a un sector de los turistas terminó la correspondiente cita en el museo nacional, devolviendo los cuadros expuestos habitualmente en la galería al lugar que tenían con anterioridad a la visita. Entre los cuadros restituidos se encontraban todos los que ella posó como modelo para grandes pintores desde bien joven, siendo éso lo que la introdujo en el mundo del arte. Ser retratada por H. de Toulouse-Lautrec, por P. Renoir, por E. Degas, por Puvis de Chavannes así como contarse entre la deidad del músico E. Satie dejaría una impresión profunda y duradera en sus pinturas. Retener la posibilidad de mostrarse similar a S. Valadon en su faceta de mujer libre, independiente y extravagante utilizando colores brillantes y marcadas líneas negras, dosificaba lo preciso para resaltar la expresión de sus palabras, haciéndola sentir una mortal imperecedera apareciendo siempre con su sempiterno color azul japonés. Morar en un molino con una terraza bajo la que recorre un antiguo canal de agua es un prototipo de belleza que no se modifica por épocas, llegando a colmarla de serenidad. En cada manifestación enderezaba sus cuadros, enmendando la inclinación de las descripciones de las tablas o lienzos que utilizaba para representar. Con todo, había momentos en los que se apoderaba de cierto género que disociaba los olores agradables, desatendiendo los consejos de quienes la apreciaban. Deseaba ganar tiempo para que las cosas fueran más lentas y a la vez, atender a las eventualidades logrando solucionar los problemas, sin descuidar las palabras junto con el mero hecho de percibir un arrebol en sus pómulos. Con todo, encontrar parecidos de algunos de sus zapatos con las babuchas árabes para la danza del vientre ayudaba a mitigar el dolor menstrual facilitando el desempeño de muchas de sus tareas. Y mientras, se consentía escribiendo palabras que reflejaban el antes y el ahora ajustándose a ellos dos, donde las referencias breves y de pasada se condimentaban en la retentiva.
domingo, 14 de agosto de 2011
G. F.
Para no renunciar a entender lo que sucedía y adaptarse a los nuevos tiempos, optó por añadir una letra a su apellido, la r. Con este grafema sonante, oral y vibrante distorsionó la denominación que identificaba su pasado y niveló su futuro, soportando los días en la ciudad que le vio nacer y a la vez, desgastando todos los medios del que persigue disfrutar de lo que desea. Siempre se consideró un rebelde poco obediente sobre todo porque a los treinta y cinco años confesó a su amigo J. Salinas que no alcanzaría la cincuenta o al rebatir el discurso de R. Barthes cuando figuraba que el suicidio era algo inmoral e indecente. Entre sus aficiones se encontraba el alcohol, las mujeres con una parcialidad por los discípulos teenager junto con la crítica literaria inconformista en oposición a las ideologías clásicas y tradicionales. Escribía: "por ganas de fastidiar o de interesar a alguien", con la convicción de que cada poema, crítica, traducción que redactaba era lo más importante que había hecho. Su inquietante mirada de El halcón maltés callada tras las gafas oscuras que perpetuamente le recogieron, ocultaba sus ojos azules de detective que desarrolla y soluciona el aparente enigma. Toda la tensión psíquica y muscular que acumuló a lo largo de su vida le produjo un característico rechinar de sus mandíbulas al comer que llamaba la atención de los comensales. Amigo solícito como si cada encuentro fuera el último, tenía una propensión hacía los "conocimientos descoyuntados" que a pesar del discurso deslavazado, desfiguraba con una voz esplendida junto con una oratoria y retórica que embellecía la expresión. Una noche de primavera cumplió una de sus principales advertencias "no me gustaría oler a viejo" y decidió abandonar la fosa en la que lo habían enterrado la ginebra y la perspicacia demoledora.
Amor, llevabas en el mundo
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, al cerrarse la noche
en que me llamaste desde tu rincón,
voz que se había compadecido
y me recibías, cuerpo bondadoso.
Qué juego perdido, qué rodar
hasta romper un oscuro ramaje,
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, antes de que encontrara
dónde te me habías acurrucado,
amor, para crecer lejos de mí.
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, al cerrarse la noche
en que me llamaste desde tu rincón,
voz que se había compadecido
y me recibías, cuerpo bondadoso.
Qué juego perdido, qué rodar
hasta romper un oscuro ramaje,
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, antes de que encontrara
dónde te me habías acurrucado,
amor, para crecer lejos de mí.
martes, 9 de agosto de 2011
Puro mito
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En una isla paradisiaca que podría ser El Cardón, otra Margarita veraneaba y sentada en una roca le pidió a su R. Darío que escribiera para ella un cuento en versos. Erguida con impulso y agilidad para no caerse y poder verle entre la multitud, cerca de la desembocadura del torrente, avistó a su Leandro que el dios Eolo había lanzado desde el otro lado del estrecho. Él era la imagen completa que se forma al unir todos los puntos, mitad viento, agua y pez de P. Neruda, recuperado con porciones de brea para aislar la techumbre, una pequeña ración de betún para bañar los bizcochos, un vaso de zumo que sacia y refresca las tardes de estío y la linfa abundante que recolecta, defiende y absorbe. Era, por tanto, la mitad fantástica del adarme sublime e impenetrable. Ella, ajustándose al mito de Hero, personificaba la interrupción de la disciplina impartida por un profesor en el aula que desconoce a los poetas pero empapa el algodón en las poesías. Liándose el pelo con un giro a la vez que sujetaba el rodete con un bolígrafo, concebía sus apariciones como la contrahaz de su camiseta donde se oscurece el motivo decorativo y así, permanecía sigilosa y enjugada por el viento que cada noche acercaba a Leandro hasta su orilla, donde ella le esperaba con una lámpara. "Por tu amor cruzaría hasta las olas salvajes". Pero la pasión de Leandro no pudo superar el viento glacial del invierno, feneciendo en las aguas del mar. Mas para Hero, el espíritu de los sueños retoma otra forma material, desvelando la alegría dormida, contemplando de nuevo el deseo.
sábado, 6 de agosto de 2011
Movimiento de la cámara
Cristina Martos Vela
Como una pequeña medusa Turritopsis, tu piel entre mis manos es un hervidero con la agitación y el ruído de los líquidos al nacer impetuosamente. Rejuveneces y entonas los músculos al cachear el apetito carnal que espias en mí, al comprobar la fogosidad que arde en deseos después valorar el tamaño de las llamas. Y así, regresando a tu forma juvenil repites el ciclo vital hasta alcanzar una segunda madurez mientras me convocas con tu cuerpo acampanado, esperandome bajo la sombrilla de tus tentáculos colgantes. Invariablemente, me conmueve la filacteria que contienen tus ruegos acurrucados en la cajuela sujeta con correas enrolladas a mis brazos al conseguir despertarme del sueño dorado. Entonces la claqueta suena y, una sonrisa comba mi cara a la vez que siento como tu boca coge mi cuello a la manera del gollete de la botella y me tomas directamente, a pico. Y en un montaje simbólico sincronizo la toma visual que mis ojos graban de tu imagen con la filmación del sonido de tu voz, regulando tu sello estampado en seco y tu cuerpo en una ordenación rítmica. Uniéndonos y separándonos, acometiendo contra el adocenamiento suscitas la confusión de mis sentidos, adquiriendo conciencia de las peripecias que colonizas en mi pequeño territorio helenizado. En esta libertad de situaciones y escenas, modificando la orientación de la sombrilla para que no me dé el sol de lleno, requisas mis palabras para lograr un determinado efecto temático final: acorazar la imagen que guardo de ti.
jueves, 4 de agosto de 2011
Recomendación de L.
Notó despuntar la aurora despertándose levemente, después de que aquella noche el gallo destemplara entre las tres y la cinco de la madrugada. Antes de salir de su casa en dirección al trabajo contempló la bahía de las termas que se divisiba desde la ventana del salón en una jornada radiante y serena. Es lo que tiene el verano, ayuda a despojarse de muchas cosas, no solo del revestimiento de madera que contenía la pinacoteca de su plenitud sino de todas las flores que él había ido dejando a lo largo de los últimos meses. Comenzó con regalos amistosos: lirios de inocencia y alegría para una mujer destinada a edificar regocijo. Más tarde se presentó con camelias blancas de amistad insustituible. Después llegaron tulipanes rojos, claveles y margaritas, todo para una mujer encantadora, solía decir. Siguió caminando por las calles, andando sin dirección determinada mientras batir el lugar donde se encontraba, fijando su indicación en un aparcamiento donde los cumbures estaban sin hojas, los coches de caballos abundaban y la recopilación de canciones de autores desconocidos se escuchaba como confidencias titilantes entretanto las piernas soportaban gran tensión. De pronto le vió detrás de la puerta de cristal que recorría a diario, volvió hacia atrás para abandonar aquel panorama o para que él no reparara en su presencia. Si conectaba el circuito eléctrico, las flores resaltarían sus colores y la impasibilidad de su expresión eclipsaría cada una de las varillas del corsé que reducía su espontaneidad. Afortunadamente recordó a su amiga L. que sin percartarse de ello se encargaba de enseñarle ciertas lecciones: estando soterrada bajo el catafalco de tus huesos hay que clavar los dientes a la duración de la vida.
Gracias L.
lunes, 1 de agosto de 2011
Clases de rumba
"Entre seducir y correr, donde la mujer excita al hombre y más tarde le abandona; otra de las expresiones es que el hombre intenta entrar en el cuerpo de la mujer y lo consigue (solo en el baile)". Inés explicaba en qué consistía la rumba, un baile de salón con variados estilos, mientras ella se imaginaba zarandeando sus caderas como una sencilla imitación al contoneo que reflejaba el profesor de baile. Rellenar el pasatiempo que su amiga proponía resultaría un intrincado crucigrama. Cinco horas de lunes a viernes sería suficiente para indagar si existían posibilidades de adquirir el singular talento de algunas mujeres por dominar al hombre usando sus encantos femeninos. Se consideraba enérgica y con cierto brío aunque nada comparable con el donaire y la agilidad graciosa y sensual que manifestaban sus compañeros latinos. Resolvían los movimientos con una cadencia ordenada y ajustada a los tiempos y, al espacio concreto donde sus cuerpos se desenvolvían. Cuando sus compañeros extendían las manos para sacarle a bailar, sus musculos se tensaban porque no era sencillo adivinar algunos de los pasos a seguir. Bailar aquellas consonancias planteaban ciertas dificultades: mover las caderas y la cintura levantando escasamente los pies del suelo con una oscilación de suave de los antebrazos. Y todo con el único objetivo que su amiga Inés declaraba: "buscar una relación pasajera, sí ligar, no pasa nada...". Las palabras de su amiga oprimian las demás certezas entretanto su profesor tan pronto le acariciaba con el dedo la cintura, enunciándole con voz lisonjera "lentamente" y la lentitud arrullaba en el canto de la oreja y sellando sus ojos se dejaba llevar por él.
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