"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"

"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert

sábado, 11 de junio de 2011

Apretura



Al igual que "Hatí fue el primer país donde se abolió la esclavitud", tres años antes que la derogación del imperio británico, a día de hoy los marines y demás soldados de infantería han ido desembarcando en todas las islas que forman el país de Las Antillas y otros elementos no mencionados en serie, tal como el estado personal de mi esclavitud destruida y arrasada por la riada del poder. Sin perder los lechos de flores ocultos por una cutícula que protege el tallo, incompleta manicura, Félix R. García Sarmiento, acabó doblegado por la pobreza, el alcoholismo y la enfermedad. Bajo el ceremonial habitual, cedo entregando aquello que no detento. Los científicos buscaron durante siglos la quintaesencia del oro, pero dejaron de buscarla hallando el quid del precedente de la moderna ciencia química: transmutar la materia, convertir el vil metal que oscurece el alma humana en caudal universal, la llave de paso del gas y del agua que provoca la evolución. Quizá, la pretensión tan recóndita y fraternal al tiempo que un serpentín clandestino, sea lo que me describe: la dedicación y la renuncia a los premios. Reconocer por completo la plenitud de lo que se siente y pronostica, aventurandome al paro de una enfermedad social o coloquial como un radiante beneficio en un eón juicioso. Tal vez, alguna noche nuestros partidos llegaron a fusionarse, los acuerdos de los participantes tras varias votaciones se plasmó en una firma al final del día, mostrando como la energía nos acota y nos alea irremediablemente.

martes, 7 de junio de 2011

Acordeón


 En uno de los tres armarios que revestían las paredes del cuarto del conserje encontró un ciclostil modernillo. Tras introducir la información en aquel artilugio con rodillos y hacer girar la manivela, se colaron copias de carbón copy sobre ella, una copia de la original. Entre las octavillas que no podían circular por una imprenta tradicional, asomaron retazos de su infancia en medio del tropiezo con su padre. Sin hacer ruido ni decir nada, la oposición por cuestiones fronterizas con la que se enfrentó a su padre desde bien joven, le afrentó bajando la cabeza mientras marcaba una incisión en su sarcófago, a la vez que se incrustaba en su memoria como una postilla dura. En el tiempo de su ingenuidad se protegía con algún escudo improvisado mientras que le asestaba golpes imaginarios por medio de una maza, a los supuestos embates violentos de mar que sentía recibir de su padre. Hogaño, cuando la candidez de su mirada dejó de desarmar a los demás cristalizando la espadilla para recogerse el pelo sobre la cabeza, revelaba en ella a su vez que, desenmascaraba la risa mefistofélica que observaba en su padre. Al punto se preguntaba: ¿para qué guardas tus bocetos en la carpeta grande y continuas insistiendo en tus repiqueteos golpeando repetidamente sobre las teclas del acordeón? En el ínterin se tomaron un café, simultaneamente penetraba en todo la misma copla repetitiva de su padre acerca de las clavijas romas del acordeón colgado de sus hombros.

domingo, 5 de junio de 2011

El frambueso

En el monte Ida como un frambueso, te encontré por primera vez sin medrar como las malas hierbas en el jardín al caer en la parte más septentrional. Escribiendo confusamente, omitiendo letras y sílabas a modo de exposición oral en público, traté de hacerte llegar mi traza a la manera de una nube, encubriendo con una discreción suave las palabras en voz muy baja entre la densidad sombría del monte. Pero el frambueso fue un oportunista y poco a poco comenzó a colonizar mis espacios vacíos que quedaron después del fuego y de la tala masiva. Su resistencia, capaz de soportar 40º bajo cero y la idoneidad de convertir sus ramas en raíces al contacto con la tierra originando nuevas plantas, lo convertía en la imagen ideal de un entrometido y fisgón. En ocasiones, ese prototipo de admiración invalidaba mis pruebas topograficas mientras delineaba el espacio de mi cuerpo pequeño entre sus hojas entretanto apagaba el motor que me impulsaba hasta él. En momentos de ocasión y de segunda mano a través de sus veladas, sus frutos me jumaban para finar con su jugo jabonoso arrollando el latido intermitente de mis arterias, con la moderación de su sonrisa. Hasta que tras el amanecer, después de sacar mis patas del lodazal y dispuesta en la parte ensanchada de las hojas, confundía tus visajes entre las espinas delgadas y rectas.


                                             La foto es de María Jesús de Paradela de coles
                                       

viernes, 3 de junio de 2011

Manuscrito



De esta manera, entre admiración y extrañeza nos fuimos alejando, sin querer desistir de aquel noble empeño, zafándonos de las ligaduras y escapando poco a poco. Mientras, suprimía las prohibiciones  levantando la veda como el manto decorado en mármol de la chimenea situada dentro de la habitación, junto con tu habilidad de expresar fantasías extraordinarias mediante trucos y juegos de manos. Sin empacho y con resolución de perpetuidad, desprovisto de principio y fin, te armé con cota de malla en mi pensamiento permaneciendo inédita la novela que no llegaste a publicar. Conservaré tus lances prodigiosos, realizando milagros con tu cuerpo simétrico a modo de lumbrera despidiendo luz por tus orificios. Como la fama que se obtiene después de la muerte, ignoramos si todo lo que existe y se piensa no llega a ser, sin excepción, completo con la aspiración de lo que deseamos lograr. En mi última mirada desgarbada y urgente intenté evadirme, evitando mezclarme en aquel asunto, entretanto me avenía a prescindir de la pimienta roja que con todo esto habías espolvoreado en rededor. Proseguí cierta perseverancia para considerar la forma en que soportaba y arrastraba tu silla, a fin de especular a la vez que la estampación se detenía hasta aliviar la opresión. Aseverar hasta tu siempre ver,  tanto como que tu pueblo quedaba lejos de mi casa y, por tanto, aceptando los días hábiles, apartada de esa imagen feriada del pasado con la que decorabas mi casa a la antigua usanza de tus lugares. Y nació un proyecto, a camino entre la práctica y la enseñanza de un plano aparente e ideal, hasta ilusorio. Pero faltaba profundizar acerca del ruido, con el contrapeso renqueante de la pierna derecha.

lunes, 30 de mayo de 2011

Impronta



Al igual que las rodillas marcadas de la infancia, hay acontecimientos que dejan señales muy profundas por muchos años. Especialmente la impronta de receptividad que proporcionan los primeros recuerdos: el primer paseo en bicicleta, el día que eché a ver el mar, el primer trayecto en avión o la primera exaltación causada por la embriaguez. Aquella melopea inicial fue comparable a asistir al concierto de Bob Dylan ante el Papa, vestida con jeans desgastados y una camiseta blanca de manga corta. Y así descubrió las personas alojadas en su interior, con disposiciones recónditas como una artista sin igual y a la vez, sin un apego rayano. Una de sus facetas estaba ebria y cegada por la pasión y la otra cara de su edificio presentaba una portada gótica,  desvelada y empapada en pasteles bañados en licor, celebrando con risas la alegría de la cerrazón por la torpeza de comprender al otro de sus yo. Drenando la funcionalidad, los rasgos y los convenios aprendió a acompañar las raciones de cada uno de sus fracciones, satisfecha de las cartas que se involucraban en la intriga. Y para no llegar a considerar la separación, selló la alusión más recia: el primer amor y por ende, las aguas negras en las que se impregnó siendo bien pequeña, al enamorarse de uno de sus compañeros de instituto. Pero luego se perdió en las vueltas de la vida, pese a que continuó porteando por el precio convenido en su mención permanente. Y al abrir la botella de zumo de manzana contaminada con excrementos de venado, falleció su faceta más gamberra.

sábado, 28 de mayo de 2011

Vida en el desierto



 Durante el tiempo que clamó en el desierto, intentó persuadirle en vano, acerca de la posibilidad de ver los satélites desde su propia casa. Dependía de él acompañándolo continuamente, bien que mantenía en aquel resumen a modo de poeta que vive a través de su obra, encajando la cesión de la renta a condición de la pertinente devolución, los fondos de su biblioteca estaban sujetos a préstamos. Pero ella también precisaba encarnar sus ideas tomando forma real, reparando el tejido herido cuando va sanando, a la vez que sentir como acudía su satélite particular. Por su parte, trataba de dirigirse al lugar de encuentro, entre tanto desperdiciaba sin tardanza el trance que singularizaba subjetivamente las palabras que implicaban el efecto que pretendía conseguir. De esta suerte sondeó los sensibles infortunios ajenos, en el tiempo que trenzaba el esparto entre márgenes amarescentes dando la vuelta a la hoja del libro, al igual que Platón dió el punto de partida para buscar la Atlántida, abandonando línea a línea las palabras interpretadas como flancos rotos. Y al encerrar las palabras entre señales, recordó que disponía de las suficientes amarguras, aflicciones y trabajos aguardando, sintiendose ella misma. Ahora bien, lo que implicaba experimentar aquellas impresiones, teniendo conciencia de su particularidad es lo que le sucede a una retina enrojecida, un dedo contagiado o un diente cariado, su incomunicación era un achaque habitual, especialmente en la vejez. Por tanto, postulaba un espacio imaginario que actuara como el reino de los sueños, donde la órbita descrita por aquel astro mezclara sus cuerpos entre los gozos a la patrona de su aldea y el quebranto de los puentes por quemar, sin llegar a cruzarlos.

jueves, 26 de mayo de 2011

En la cala

                                                          Mariano Fortuny


En el mismo tiempo que batía aquella pieza de metal hasta reducirla a chapa, intentaba rehuir a cierta trivialidad del aboroto callejero frecuente y habitual de aquel pueblo. Pese a que busqué el sosiego incompleto, examiné todas las calas de la costa recorriendo con su coche las calzadas separadas y tórridas de la autovía. Me aficioné a viajar en verano con su cercana compañía, aunque no pretendía que fuese un árbol respiratorio ramificado por los bronquios en un terreno sin explorar y cultivar. Durante aquellos momentos dejaba las llaves y el auricular en la bandeja del coche y advertía en la distancia, manchas oscuras como orangutanes de cuerpos robustos con brazos y manos más desarrollados que las extremidades inferiores. Tenía su amistad sin aprovecharme de él, comía de sus frutos secos, de su conocimiento sin jugo, mientras mis ojos centelleaban de emoción y de un interés biensano cuando él me ofrecía una presencia de ánimo, tranquila y serena chapando una verdad contundente. El armazón y el cristal del coche se convirtió en el proyector de imágenes que él intentaba mostrar mediante las representaciones mentales relacionadas con su realidad. Ajustaba de un modo perfecto, el cambio en la dirección, tanto de luz como del calor que soplaba del ocaso, entretanto me sentía tremolar entre sus banderas. Descorrí los intersticios que mi mente requería para recusar que el crepusculo entre luces, acabara despareciendo, tratando de despedezar el recipiente de cristal con el que los egipcios usaban la clepsidra para medir el paso de su tiempo.