Comenzó de repente, apartando hasta vaciar todos los objetos de la antigua habitación. Necesitó un pequeño cuarto aledaño para instalar la maquinaria refrigeradora que mantendría la estancia helada, a muy baja temperatura. Apretó el pulsador On y poco a poco, las paredes se cubrieron de un brillo blanquecino, intensificado ante el vaho de su respiración. Del techo, perdían el equilibrio pequeñas gotas de agua mezcladas con polvo que al besar el suelo se congelaban, transformándose en sedosa nieve. Había llegado el momento de imposibilitar la opción "velar el empeño de los proyectos y antojos" que guardaba en una faltriquera, disfrutando de ese reservado helado donde el frío y la humedad mantenían su mente despierta. Ahora tocaba subir el nivel de adrenalina y cortisol de su estómago, tensar los músculos y mantener el rebato sin peligro inminente. Desde el principio se propuso enroscar, a modo de moño, cuatro palabras claves con la que coronar para la puerta de su alcoba aterida: estupefaciente, masaje, pescador y libro de estampa.
Ocho señales
Prohibido guardar deseos en el bolsillo.
Prohibido clavar mariposas en el corcho.
Se permite tararear en clase, en la oficina, en la iglesia.
Se permite patalear cuando no guste la función.
Prohibido contar estrellas mirando al techo de tu casa.
Prohibido hacer caso a los que leen las líneas de la mano.
Se permite cambiar los sentimientos a diario.
Se permite desear, acariciar, desaparecer.
Prohibido guardar deseos en el bolsillo.
Prohibido clavar mariposas en el corcho.
Se permite tararear en clase, en la oficina, en la iglesia.
Se permite patalear cuando no guste la función.
Prohibido contar estrellas mirando al techo de tu casa.
Prohibido hacer caso a los que leen las líneas de la mano.
Se permite cambiar los sentimientos a diario.
Se permite desear, acariciar, desaparecer.
Juan de Dios García






