Comenzó su discurso con un juramento: "seré totalmente transparente" y ella advirtió un principio de movimiento involuntario, sin llegar al estremecimiento como el escalofrío de las ventanas anunciando la llegada del otoño. Sobre todo porque en la luminosidad y nitidez de las aguas no es posible considerar un regato tan lleno pliegues y dobleces del jaretón, así como de simulaciones hipócritas. Resultaba un asunto intrincado creer sus palabras después de compartir con él, aquella conversación intrascendente en el lapso de algunas de las 24 horas del día. En los quince años que dejaron de atenderse, ella comprendió que no todo el cieno blando instalado en el fondo del agua nacía de las borrascas y ni todo vestido de santo que produce un desvestimiento supone una exigencia desmedida. Y aquel día en el centro comercial, ella encontró su penumbra entre una sombra débil de luz y oscuridad. El destello de sus palabras y la fuerza de su sonrisa generaban un terreno confiable mientras atravesaba su máscara cuando aparentaba solidez, demostrando cuanto había cambiado. En tanto que observaba sus dientes blancos, percibió unos sonidos extraños que llegaban de la zona donde se aguanta ciertos asuntos desagradables a la vez que ascendían sin dignidad hasta su boca, osbtruyó la salida de esa extraña composición, mezcla de palabras, hiel y acrimonia. Hasta entonces no sobrepasó la mera superficie para asistir al total esclarecimiento de sus emociones: sopesa bien lo que haces porque este rostro esférico como un remache, puedes desmembrarlo de tal modo que una lámina fina de cristal quedaría separada como un calamar para estudiar sus partes. Desbaratada por completo como descompuesta de toda razón, metiendo la pata de una manera poco oportuna, la careta que me protege quedaría descarnada, expuesta sin rodeas y depauperada.
"¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
"¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído?"
S. Choabert
lunes, 20 de junio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
A momentos
Después de tantos meses de espera llegó la fecha del juicio demostrando su inocencia. Atendió las recomendaciones de los avezados: equivales al coste de ti misma así como a la estimación de tu organismo y ente que puede existir, sin olvidar aquello de lo que no dispones y te debería corresponder, a modo de paciencia ilustrada en el libro particular. Sin quedar completamente convencida por sus argumentos, reconoció que en ciertas ocasiones mantendrían algún seguro de la verdad. Por momentos, una dicha señera acudía sin previsión, a mover el buque con el cabrestante del astillero, acordaba alguna fe tenue y somera y, de repente cambiaba de pared el tapiz elegido, ya hecho jirones como si un tigre hubiera desgarrado la tela. Y así, después de sentir el abrazo, rebosante de besos, reparaba cada uno de los diversos valores que podía encontrar en su estado de excepcionalidad. Había días para las bromas, en las que el orgullo soplaba por las fisuras del conducta lacrimal y solo podía sorpenderle con su mejor vestido pues el intervalo era el preciso para venerar sus virtudes y cualidades, sin embargo, se dejaban ver otras eternidades donde la arcada se anunciaba por los altavoces. Entonces ella buscaba armonizar sus disgustos, a la vez que negaba llorar durante la propia elevación con alzaprima en el carro de grandes ruedas, sin caja donde apoyarse, apagando el cigarrillo y tirándolo por la ventana.
Los duelos en Paraguay son legales mientras ambos contendientes sean donadores de sangre.
martes, 14 de junio de 2011
Vino maleado
Ahora que vivo mejor que antes y te veo confusamente cerca de la orilla mientras tu voz resuena en toda la casa, he decido poner la música tan alta que llegue a ensordecer al vecindario, optando como solución editar un aviso oficial comunicado por mi autoridad más próxima: que aminoren la intensidad del ruido utilizando una almohada, percibiendo un sonido como de silbo comparado con el chiflar de una flecha al pasar cerca de mi cara. Manchada con tinta de bolígrafo y desprovista de persuasión, esta hoja de cuadros suplanta la viñeta del dibujo que aparece en los periódicos demostrando una gran capacidad expresiva para bionovelar tu irrisorio proceder: requebrar a modo de albañil, con el máximo esfuerzo y rendimiento a toda doncella, fémina o moza que aparezca a la vista de tu ocelo de artrópodo, mediante el cual percibes luces dulces, suaves y delicadas, poniendo en marcha el mecanismo a la vez que activas tu alarma guayabera. Y en las inmediaciones que el barco naufragó a la altura del puerto, concluyo en un trato que no es más que una componenda entre estafadores: de forma expresa y exclusiva, obtengo cada vez un resultado más próximo al exacto como ex profeso al de un caballo resabiado, que cocea cuando intentan montarlo. En acuerdo con la estética vigente, me presento en alfoz de Bricia para coincidir con el tamaño de tus cajas, dispuesta a comer alubias rojas, setas de temporada, caza y tu asado de cordero, ya tengo edad para hacer amigos.
sábado, 11 de junio de 2011
Apretura
Al igual que "Hatí fue el primer país donde se abolió la esclavitud", tres años antes que la derogación del imperio británico, a día de hoy los marines y demás soldados de infantería han ido desembarcando en todas las islas que forman el país de Las Antillas y otros elementos no mencionados en serie, tal como el estado personal de mi esclavitud destruida y arrasada por la riada del poder. Sin perder los lechos de flores ocultos por una cutícula que protege el tallo, incompleta manicura, Félix R. García Sarmiento, acabó doblegado por la pobreza, el alcoholismo y la enfermedad. Bajo el ceremonial habitual, cedo entregando aquello que no detento. Los científicos buscaron durante siglos la quintaesencia del oro, pero dejaron de buscarla hallando el quid del precedente de la moderna ciencia química: transmutar la materia, convertir el vil metal que oscurece el alma humana en caudal universal, la llave de paso del gas y del agua que provoca la evolución. Quizá, la pretensión tan recóndita y fraternal al tiempo que un serpentín clandestino, sea lo que me describe: la dedicación y la renuncia a los premios. Reconocer por completo la plenitud de lo que se siente y pronostica, aventurandome al paro de una enfermedad social o coloquial como un radiante beneficio en un eón juicioso. Tal vez, alguna noche nuestros partidos llegaron a fusionarse, los acuerdos de los participantes tras varias votaciones se plasmó en una firma al final del día, mostrando como la energía nos acota y nos alea irremediablemente.
martes, 7 de junio de 2011
Acordeón
En uno de los tres armarios que revestían las paredes del cuarto del conserje encontró un ciclostil modernillo. Tras introducir la información en aquel artilugio con rodillos y hacer girar la manivela, se colaron copias de carbón copy sobre ella, una copia de la original. Entre las octavillas que no podían circular por una imprenta tradicional, asomaron retazos de su infancia en medio del tropiezo con su padre. Sin hacer ruido ni decir nada, la oposición por cuestiones fronterizas con la que se enfrentó a su padre desde bien joven, le afrentó bajando la cabeza mientras marcaba una incisión en su sarcófago, a la vez que se incrustaba en su memoria como una postilla dura. En el tiempo de su ingenuidad se protegía con algún escudo improvisado mientras que le asestaba golpes imaginarios por medio de una maza, a los supuestos embates violentos de mar que sentía recibir de su padre. Hogaño, cuando la candidez de su mirada dejó de desarmar a los demás cristalizando la espadilla para recogerse el pelo sobre la cabeza, revelaba en ella a su vez que, desenmascaraba la risa mefistofélica que observaba en su padre. Al punto se preguntaba: ¿para qué guardas tus bocetos en la carpeta grande y continuas insistiendo en tus repiqueteos golpeando repetidamente sobre las teclas del acordeón? En el ínterin se tomaron un café, simultaneamente penetraba en todo la misma copla repetitiva de su padre acerca de las clavijas romas del acordeón colgado de sus hombros.
domingo, 5 de junio de 2011
El frambueso
En el monte Ida como un frambueso, te encontré por primera vez sin medrar como las malas hierbas en el jardín al caer en la parte más septentrional. Escribiendo confusamente, omitiendo letras y sílabas a modo de exposición oral en público, traté de hacerte llegar mi traza a la manera de una nube, encubriendo con una discreción suave las palabras en voz muy baja entre la densidad sombría del monte. Pero el frambueso fue un oportunista y poco a poco comenzó a colonizar mis espacios vacíos que quedaron después del fuego y de la tala masiva. Su resistencia, capaz de soportar 40º bajo cero y la idoneidad de convertir sus ramas en raíces al contacto con la tierra originando nuevas plantas, lo convertía en la imagen ideal de un entrometido y fisgón. En ocasiones, ese prototipo de admiración invalidaba mis pruebas topograficas mientras delineaba el espacio de mi cuerpo pequeño entre sus hojas entretanto apagaba el motor que me impulsaba hasta él. En momentos de ocasión y de segunda mano a través de sus veladas, sus frutos me jumaban para finar con su jugo jabonoso arrollando el latido intermitente de mis arterias, con la moderación de su sonrisa. Hasta que tras el amanecer, después de sacar mis patas del lodazal y dispuesta en la parte ensanchada de las hojas, confundía tus visajes entre las espinas delgadas y rectas.
La foto es de María Jesús de Paradela de coles
viernes, 3 de junio de 2011
Manuscrito
De esta manera, entre admiración y extrañeza nos fuimos alejando, sin querer desistir de aquel noble empeño, zafándonos de las ligaduras y escapando poco a poco. Mientras, suprimía las prohibiciones levantando la veda como el manto decorado en mármol de la chimenea situada dentro de la habitación, junto con tu habilidad de expresar fantasías extraordinarias mediante trucos y juegos de manos. Sin empacho y con resolución de perpetuidad, desprovisto de principio y fin, te armé con cota de malla en mi pensamiento permaneciendo inédita la novela que no llegaste a publicar. Conservaré tus lances prodigiosos, realizando milagros con tu cuerpo simétrico a modo de lumbrera despidiendo luz por tus orificios. Como la fama que se obtiene después de la muerte, ignoramos si todo lo que existe y se piensa no llega a ser, sin excepción, completo con la aspiración de lo que deseamos lograr. En mi última mirada desgarbada y urgente intenté evadirme, evitando mezclarme en aquel asunto, entretanto me avenía a prescindir de la pimienta roja que con todo esto habías espolvoreado en rededor. Proseguí cierta perseverancia para considerar la forma en que soportaba y arrastraba tu silla, a fin de especular a la vez que la estampación se detenía hasta aliviar la opresión. Aseverar hasta tu siempre ver, tanto como que tu pueblo quedaba lejos de mi casa y, por tanto, aceptando los días hábiles, apartada de esa imagen feriada del pasado con la que decorabas mi casa a la antigua usanza de tus lugares. Y nació un proyecto, a camino entre la práctica y la enseñanza de un plano aparente e ideal, hasta ilusorio. Pero faltaba profundizar acerca del ruido, con el contrapeso renqueante de la pierna derecha.
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