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| Alejandra Caballero |
Algunas veces al leerte veo la imagen impresionada de una ligereza tras quedar fijada en la rodela que templa los accesos de la bilis hasta que aflora el cardo de las palabras permaneciendo inalterables a la acción del intelecto después de recabar el sentido de lo que no tiene nombre, pero existe. Ésta es tu función: mirar sin tiempo y con detalle lo que sucede a tu alrededor buscando encontrar otro significado a la acotación de las palabras. Una vez me dijiste que no sabía leer poesía y desde entonces siempre me pregunto: ¿qué se necesita para interpretar los versos de cualquier estrofa? Entre el relente de la noche calmada apareció un *leer con inquietud o agitación como al recibir llamadas intempestivas mientras adaptas la instalación policromática al nido de las esferas sujetas a medidas y ritmos. Siempre hay algo más. En medio del embrollo de letras procura encubrir algunas de las fichas que permiten apreciar la integridad de las palabras hasta que la transmisión del poema tira de los filamentos que componen las señales luminosas del reflector. Al descender y tomar tierra, la intimidad de los cimientos del poema se arrellanan aplastando con ahogo los sentimientos y las ideas para encontrar la salida al laberinto.





